diario de un vallisoletano curioso

lunes, 16 de noviembre de 2009

Entregada

La fotografía no es de ahora, es del verano. Puesto que el tiempo no existe, digamos que se puede situar en cualquier estación del blog. Yo la saco ahora porque tengo predilección y complacencia, ya lo he comentado en otro post, con los lectores ocasionales. Lo ocasional en este caso no reside en ellos sino en mi visión. Ella pasa desapercibida, pero yo no dejo que me pase desapercibida. Puesto que tampoco se trata sólo de una chica, me fijo sobre todo en la lectora. De ella no sé más sino que estaba sentada en un banco de Portugalete. Ajena a los paseantes y a los niños y a los cláxones y a las campanadas de La Antigua.

Posa sin darse cuenta, pero no es una pose lo que exhibe. Su cuerpo glácil se apoya en el banco lo justo para mantener la posición que permita facilitarle la lectura. Ni siquiera se apoya en el respaldo. Se mece. Armonía postural. Refleja, acostumbrada, segura. Cruza las piernas para hacer de las mismas y de su regazo un atril. El más adecuado. No me cabe duda alguna de que es devoción lo que la impulsa. La manera de sujetar el libro abierto con la mano izquierda manifiesta destreza. ¿Y la mano derecha? La mano derecha no reposa. Su ligereza no oculta del todo cierta tensión. Porque su mano, ¿es una batuta o un metrónomo? ¿Tal vez rescribe paralelamente el relato que está leyendo con una pluma invisible?

Entregada. Embobada. La materia bulle en las páginas del libro. Ella, mientras, delega. Sale de sí y absorbe otros mundos. Su concentración no baja el listón. Tentado estuve de preguntarle de qué libro se trataba. No quise perturbar su dedicación religiosa. Religio es vínculo. Vínculo de ida y vuelta que la lectora establece con la materia. ¿Se nota demasiado que me gusta que la calle sea también esto? Por otra parte, reconozco que prefiero con frecuencia quedarme con el misterio.

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