viernes 27 de noviembre de 2009

Desembocando el Esgueva en el Pisuerga

Vista de la caída y desembocadura del Esgueva desde la orilla del Pisuerga

Desde la elevación. Las aguas del Esgueva se precipitan a su entrega



Supongo que todas las fotografías se pueden comentar. Pero de algunas prefiero no hacerlo. Porque no es mi día o porque el objeto es demasiado poderoso. La desembocadura del Esgueva en el Pisuerga invoca un clamor. Y exige un silencio que la contemple. Sólo un apunte. Parece mentira que un río menudo, que fue sacrificado hace siglo y pico de sus cauces naturales a través de la ciudad, adquiera belleza en su estertor. El cauce es chiquito, pero la mano del hombre, la misma que forzó su expulsión de la urbe histórica hacia las afueras, ha procurado un cierto tipo de salida honorable. Un desnivel que se salva por un sistema de escaleras. Aparentando una cascada intrépida. La entrega al gran río histórico de la urbe y la vegetación que se abre a sus pies dignifican su recuerdo. Esto es lo que queda de un Esgueva que también hoy atraviesa barrios de Valladolid (Pilarica, Vadillos, Batallas, España) Mas la memoria de las aguas es antigua. Y terca. Que se lo pregunten a las zonas por donde en otro tiempo transcurrían los dos lechos naturales. Aún suelen mostrarse sus huellas rebeldes de vez en cuando. Mientras, este curso chiquito, de vieja fama cangrejera, se despliega alegre. Sin miradas apenas. Digno, no obstante. Disfruten de su tierna melancolía de otoño.

Camino de la desembocadura del Esgueva

Desde que los Esguevas dejaron de ser los dos ríos históricos de Valladolid, que atravesaban en distintas direcciones la ciudad para desembocar en el Pisuerga, ha llovido bastante. No tanto por el tiempo transcurrido desde su alejamiento del centro urbano sino por lo que su desvío y nueva canalización supusieron de cambios morfológicos sustanciales en el crecimiento y remodelación de nuestro suelo.

El Esgueva era el río urbano por antonomasia. Dos ramales del mismo, procedentes del río que se deslizaba a través del Valle Esgueva, con origen en la Sierra de la Demanda, en Burgos, se bifurcaban por el callejero vallisoletano en direcciones diferentes formando meandros caprichosos. A sus orillas se fueron configurando los primeros poblamientos urbanos.


Otra vista de la orilla del Esgueva con los dos caminos paralelos, de tierra y de paseo


Árboles de la ribera del cauce del Esgueva


Vista del Esgueva hacia su desembocadura en el Pisuerga, desde el puente del Barrio España

jueves 26 de noviembre de 2009

A punto de empezar la función


(La acción se desarrolla un día del último verano en un banco del Campo Grande)

CHICO. Eh, ¿tú quién eres?
GITANILLA. Ozú, yo soy la madrastra de Blancanieves, lucero mío.
CHICO.¡Oh! (con cara de susto)
GITANO. Di que no, chaval. Que con esa jeta no hay espejo que la aguante.
CHICO. ¿Por qué?
GITANILLA. No le hagas caso a éste, que él si que no tiene donde mirarse.
CHICO. ¿Por qué?
GITANILLA. A una bailaora como yo nunca le falta un espejo que le diga la verdad y le haga justicia.
CHICO. Entonces, ¿de verdad que no eres la madrastra? (con prudencia y a distancia)
GITANILLA. Que no, mozo mío. Soy una bailaora de cuerpo entero que interpreta la salsa del mundo.
CHICO. ¿Y qué es una bailaora?
GITANILLA. Alguien que ha nacido para sacar el alma que lleva dentro.
CHICO. ¿Y eso qué es?
GITANILLA. ¿El alma? Pues un rayo, una tormenta, no sé, a veces como una furia.
GITANO. Tendrías que verla bailando, chico. Si te quedas a la función verás lo mucho que vale
esta gitana.
CHICO. ¿Qué es eso de la función?
GITANO. El espectáculo. ¿Ves todos esos niños que van juntándose y se sientan alrededor? Están esperando a ver la función.
CHICO. ¿Y no sacáis el espejo?
GITANILLA. Vaya obsesión con el espejo tiene este chavea. Mira. El espejo sois vosotros, los niños. Las cosas que hacemos van a reflejarse en vuestras caras. Y por vuestras risas sabemos si os gustamos.
CHICO. ¿Y si no nos reímos?
GITANO. Pues entonces, adiós función.
GITANILLA. Di que no, que este gitano es un agorero. Si no os reís es que no lo estamos haciendo bien. Y entonces, cambiamos, hasta que os riáis de nuevo.
CHICO. ¿Y por qué estáis sentados en el banco? Va a empezar la función y vosotros todavía aquí.
GITANILLA. Por eso, porque antes hemos actuado, nos hemos cansado un montón y estamos haciendo un alto. A veces es para estar jarto. Y al maestre que nos mueve se le acalambran las manos.
CHICO. ¿Y siempre vais así vestidos?
GITANILLA. Pues claro que no, duende mío. Sólo cuando hay que trabajar.
GITANO. De eso nada. En cuanto terminamos el trabajo nos meten en una maleta tal cual, con faralaes y todo.
CHICO. Sí, tiene que ser muy cansado tanto actuar en unos parques y otros.
GITANO. Huy, agotador, niño, que yo estoy ya para jubilata.
GITANILLA. No le creas, perla, que aquí la que curra con arte soy yo. Él está solo para presentarme y para pedir el aplauso a los niños cuando termino.
GITANO. ¡Ah!
GITANILLA. ¡Oh!

(La gitanilla y el gitano enmudecen. El maestre se lleva los muñecos, uno bajo cada brazo, para ponerlos en escena. El niño les dice adiós apresuradamente con la mano y busca asiento en el suelo para ver la actuación)

¿Valladolid o Uxmal?


Hay detalles que llevan a otros detalles. Sobre todo aquel tipo de ornamentación que es un símbolo. Y casi todo, en el lenguaje de las piedras, lo es. Están ahí desde siempre, y el ciudadano pasa por delante y antes o después lo ve. Incluso de tanto pasar, se olvida. Lo harían así, dice. Este detalle de la fachada de la Catedral de Valladolid me fascina. No sólo por su tamaño y dibujo, sino también por lo que representa. Lo que voy a comentar aquí es aventurado y nada científico. Digamos que a uno le gusta buscar similitudes y sospechar, si no son de momento demostrables, de las influencias de unas culturas sobre las demás, de unos estilos artísticos sobre otros. No es nada nuevo el intercambio cultural, a través de todo tipo de pensamiento y de conocimientos técnicos.


Al vallisoletano curioso, que gusta de hallar similitudes, los detalles le atrapan. No cree en la inocencia de nada. Las plantas de los templos, las fachadas, las torres, la decoración...todo está repleto de significados. No sólo de significados religiosos. Puesto que indudablemente el encargo corría a cuenta del propietario, que en el caso de los templos y catedrales españolas podía ser cualquiera de los estamentos terrenales de la Iglesia, siguen una línea que ella llama de catequesis y de divulgación de sus preceptos. Hay otra aportación no menos interesante, más librepensadora, más conectada con el mundo de todas las culturas, que corría a cargo de los arquitectos y artífices de diversos oficios que trabajaban en las obras.



Muchos de estos detalles no se pueden explicar por qué se ejecutaron en una obra determinada. Como mucho se indica que seguirían las modas al uso. Pero ésa es una respuesta fácil. El mundo de la arquitectura y de la escultura ornamental está pletórico de significados ocultos. En este caso, la espiral, uno de los símbolos más poderosos en todas las culturas. Símbolo de la vida por excelencia, de la fuerza y flujo de la misma, también del ciclo nacimiento-vida-muerte, sus variantes de significados y significantes son amplísimos, y no hay cultura, costumbre, religión o creencia animista que no utilice su expresión formal para dotarla de un contenido.



Nada tendría de especial que las espirales decorativas de templos mayas, por ejemplo, influyeran en los artistas que trabajaron en la catedral vallisoletana. Uxmal ya era conocida por los españoles desde el siglo XVI, en que el fraile franciscano Fray Diego de Landa, visita las ruinas de Uxmal, siendo su cometido inicialmente inquisitorial, puesto que persiguió al pueblo y a los restos de la cultura maya, promoviendo autos de fe. En ellos fueron abusivamente procesados varios dirigentes mayas y se destruyeron ídolos y documentos de esa vasta cultura. Posteriormente, otro fraile, Fray Antonio de Ciudad Real realizó trabajos menos culturicidas, llegando a conocer tanto la cultura maya, su lengua, las costumbres antropológicas y el medio botánico y zoológico. Con arreglo a estos datos, ¿sería descabellado pensar que llegara información sobre los edificios impresionantes de Uxmal y las decoraciones de su Palacio del Gobernador?

miércoles 25 de noviembre de 2009

No maltratéis las estatuas

Y el mensaje no va dirigido a los gamberros, sino a las autoridades municipales. Porque a las estatuas se las maltrata o bien por la mano desaprensiva del gamberro o por los criterios cortos de mira de quien decide dónde y cómo instalarla. Puesto que el espacio que se considere va a definir su futuro. Hay una escultura especialmente maltratada, debido a su desastrosa ubicación. Es la dedicada al imaginero, obra de Jesús Trapote Medina. Si hay una escultura en la ciudad que pase más desapercibida al ojo, no obstante su volumen, es ésta. Ignoro por qué la colocaron en las Angustias. ¿Acaso por la proximidad de la iglesia de tal advocación? Por esa regla de tres, hay muchos más lugares, ya que la imaginería, es decir el trabajo de esculpir las tallas de los pasos, está presente en multitud de iglesias y museos.


El caso es que no podía estar más desafortunada situado el imaginero. La estatua es de cierto volumen, y creo que merecería disponer de perspectiva. En el punto en que se halla situada no constituye sino un mueble más. Y ya hay bastante mobiliario urbano por las calles y plazas. Es una escultura que no la ves a distancia, opacada como se encuentra por una serie de elementos que la reducen a un mínimo espacio donde toda su función consiste en que la gente utiliza su basamento para sentarse. Y eso sería lo de menos, ¿por qué no podría sentarse como en un banco cualquiera?

La cuestión es que no atrapa. Y no atrapa porque no atrae. Los paseantes, los de fuera, claro, porque para los de casa la respuesta es abúlica, la descubren ¡cuando tropiezan con ella! En un reducido espacio tiene que ser colega de un quiosco de buena envergadura con uno de esos toques decimonónicos que el Ayuntamiento impuso, no sé si sacados de las fotos del París o del Berlín de otra época, y dejándolos caer de modo aleatorio y en conflicto con el diseño de nuestras fachadas y calles. Pero ésa es otra guerra ¿insalvable?, porque la estética y la sencillez, y mucho menos el atrevimiento imaginativo, no son precisamente el fuerte en el consistorio.


Por si fuera poco, la escultura del pobre imaginero tiene casi encima la fachada monumental del Teatro Calderón, que es toda una superficie que define el lugar. Y un poco más al fondo, en direccón a la subida a las Angustias, los edificios desproporcionados no se convierten precisamente en el mejor telón de fondo. Además debe adaptarse forzadamente al borde de la calzada, en un semicírculo que forma la acera, teniendo por delante una barandilla protectora de peatones y por detrás un semáforo inmediato. También hay farolas y hasta una señal de circulación. Las viviendas casi la rozan y para más inri, durante unos cuantos meses del año, tiene que codearse con las mesas y sillas del bar Magnolia, que en su toma por parte de la clientela prácticamente la tapan. Todo un enjambre de mobiliario urbano, de acumulación de objetos y edificios, que desaloja automáticamente al laborioso imaginero de bronce que con su mazo y cincel pretende hacer su tarea. De ver esto, ¿qué diría uno de aquellos artesanos y artistas que trabajaban la madera hace varios siglos? O más cercano a nosotros, ¿qué pensará Jesús Trapote Medina, el autor de la obra? ¿O se instaló ahí con su consenso? Conclusión. Perspectiva necesaria para la contemplación de una escultura que merezca ser digna de tal nombre: cero.

Y esto nos remite al tema de fondo. A la pérdida de espacio propio de la escultura. Y en línea con ello, a la baja estima que se tiene de las esculturas en la vía pública. Una escultura no se trata sólo de lo que represente, sino de facilitar el espacio que la defina ante el que mira. Y ahí, se falla de cabo a rabo.

martes 24 de noviembre de 2009

Pero, ¿hay algo más vallisoletano que la niebla?


Así amanecía hoy la ciudad. Y, no obstante el repunte despejado de la tarde, así ha anochecido, sólo que por la noche la visión es ausente. La soledad de los parques se acentúa, los columpios son presa de la melancolía, la perspectiva de las calles queda estrangulada, los monumentos se retraen, las fachadas de los edificios de viviendas se diluyen. En fin, los viandantes no se sabe muy bien a cierta distancia si vienen o van.



Frente al otoño de los colores que se desvirtúan, la niebla configura una película irreal, donde más allá del primer plano nada existe. Poco hay que decir sobre este fenómeno tan ordinariamente nuestro que no nos sorprende, pero que siempre nos sobrecoge. Porque, ¿hay algo más específicamente vallisoletano que la niebla?

lunes 23 de noviembre de 2009

La imaginación a la calle


En estos tiempos de tipografía y diseño de ordenador, sumamente estereotipadas y repetitivas, es de agradecer que se recupere una rotulación acorde con el medio. No se trata sólo del tipo de letra que exhibe el cartel. Así, como si fuera de hace un siglo. Lo imaginativo, que no nuevo, es precisamente el retomar unas gafas gigantescas como identificación e insignia de lo que se sirve en el establecimiento.

Es todo un lujo disponer todavía de un frontis y de unas jambas de madera con unas decoraciones vegetales de principios del siglo XX. El edificio, sito en Fuente Dorada casi junto a Canovas del Castillo, está actualmente en obras, pero ha resistido centurias en pie. Más meritoria resulta la sensibilidad del óptico por mantener la decoración heredada y resaltarla. Al añadir, como escudo pacífico, las gafas gigantes invoca además la antigua costumbre de los gremios de las viejas ciudades europeas, que utilizaban para definir su ubicación y su quehacer una imagen vinculada con el tipo de artesanía, taller o comercio que se trajeran entre manos.

Me brinca el ánimo cuando contemplo estos pequeños detalles. Pienso que si todos los comerciantes del casco histórico hubieran estado mejor aconsejados se habrían preservado fachadas, elementos decorativos, basamentos, columnas, sillares. Durante gran parte del siglo pasado la nefasta moda al uso consistió en ocultar los elementos originales de las fachadas. Como se desconocía lo positivo del pasado se huía de todo el pasado. Aunque la modernidad fuera por otra parte bastante pobretona y entrara a saco. Nunca es tarde para rescatar esos testigos valiosos, si es que aún quedan. En este sentido, la labor de Jesús Blanco no tiene precio. Cuenta con el reconocimiento de sus clientes y de cualquier vallisoletano con conciencia estética y sentido común. Mientras soporta sobre su cabeza el vaciado del edificio, Jesús aguanta el tirón como el profesional de raza que es.


domingo 22 de noviembre de 2009

Una rosa es una rosa es...

(Una de las últimas rosas del otoño del Campo Grande)


Uno de los elementos ornamentales que más estoy observando últimamente en edificios y espacios de Valladolid es la rosa. Rosas talladas en cenefas interiores de portales, en túmulos, en basamentos de monumentos, en fachadas, ya en piedra, en mármol, en madera...Tal parece que la rosa es un símbolo con significado profundo para los arquitectos, los escultores, los ebanistas o cualquier otro oficio vinculado a la decoración.

(Rosa tallada en la Fuente de la Fama, en el Campo Grande)


Casi todas las rosas que he encontrado se reproducen en edificios o monumentos del siglo XIX. En competencia leal, en bastantes casos, con las hojas de acanto, las rosas parecen estar hablándonos con algún sentido oculto. O tal vez, extraviadas y marginadas por las tardías culturas del Barroco español, la arquitectura moderna las haya rescatado para conectar con los simbolismos de los alquimistas o de los francmasones.

(Macetón de rosas talladas junto al parterre del monumento a Núñez de Arce)


En esto es en lo primero que uno piensa, dado el escenario donde se reproducen. Aunque no tengo pruebas inmediatas, y sería de agradecer que alguien que leyera esto me informara, la sospecha no es descabellada. Al fin y al cabo, la rosa es uno de los símbolos más antiguos de la humanidad, interpretado plural y abiertamente por diferentes culturas.

(Rosa tallada en una cenefa del portal de la casa de Claudio Moyano, 1)


Si en el Oriente central y extremo la flor que domina es el loto, la rosa que caracteriza a las culturas cristianas de la Edad Media sería su contrapartida en Europa. Pero también en India la rosa era un símbolo asumido, al que se vinculaba con los mandalas. La idea del centro místico de los mandalas quedaba perfectamente representado en la forma de las rosas y sus pétalos concéntricos. Ya las culturas indias tenían claro el sentido de perfección acabada que va inherente a la rosa. ¿Y qué mejor manera de explicitarlo que ver en la rosa el significado del amor, de la conciencia o en general de la vida?
(Rosa en la fachada de la llamada Casa del Príncipe, en la Acera de Recoletos)


Acaso influido por India, el Cristianismo, tan sincrético él por todas sus partes, retoma el modelo y le otorga un sentido de redención. La rosa y su color simbolizan también la sangre derramada. Es la idea de un renacer, cuyos antecedentes naturales serían el rocío, la lluvia...o la rueda. De ahí que la rosa sea exaltada con gran tamaño en las portadas de las catedrales, dando lugar a un elemento característico: el rosetón. Por cierto, las rosas de los vientos no son composiciones ajenas, sino más bien paralelas a las representaciones aplicadas a la exaltación religiosa.

(Rosa sobre el túmulo de un no católico en el Cementerio Civil del Camen)

Hay una interpretación más aguda, y no menos desproporcionada, de la cual habla el indagador de los mitos Joseph Campbell, y creo que también Humberto Eco la recoge, según la cual la rosa sería la representación del sexo de la mujer. Nada más procedente que representar la vagina con su doble caracterización: la mística, como signo de pureza inicial, y la efectiva, como origen de la vida humana. Puesto que ese mismo carácter abierto del significado de la rosa en todas las culturas permite una lectura ampliamente posible y variada, no es desdeñable esta idea, aseverada por investigadores rigurosos.

En base a estas tradiciones, los alquimistas retomaron con gran fervor la imagen de la rosa. La rosa reproducida por ellos significaba el fin de la pequeña obra (la rosa blanca) o de la obra grande (la rosa roja) y su número de pétalos evocaría un material o un trabajo relacionado con la obra. De los alquimistas al simbolismo de los francmasones el paso estaba marcado. ¿Es precisamente esta última tradición, la de la masonería, tan presente en urbanistas, arquitectos e intelectuales del siglo XIX y parte del XX, la que ha conducido a que en Valladolid pueda observarse el símbolo de la rosa?

sábado 21 de noviembre de 2009

Hurgando en las carencias


Hay mucha gente que tira. Pero cada vez hay más gente que recoge. El consumo es cada vez más fugaz, y también más voraz. Lo que se compra dura escasamente. No siempre por utilización, sino por ser mal material, por escaso uso o por despilfarro. El criterio sobre la necesidad varía. Hay quien compra más allá de lo que precisa. Su actitud exulta al mercado y a toda su estructura enfebrecida de altas producciones y extensas distribuciones de mercancías. Por otra parte hay gente para quien su compra no llega a lo que le haría falta. Mala suerte, dice la moral del sistema. Hay personas que se desproveen en cuatro días de lo adquirido, restando valor al objeto. No se trata ya del valor económico que pueda llevar inherente, sino al valor de uso que podría tener para otro humano que lo necesita. Hay personas que están al tanto del desalojo de lo sobrante y hurga en contenedores, los registra, los pone patas arriba.

El sistema es despiadado. Sólo entiende de cifras. Las empresas se marcan anualmente sus objetivos. Si no los logra transmite la alarma a la sociedad. Habla de crisis. Es una gran farsa. No hablan de la competencia feroz, ni del desplazamiento de los competidores pequeños por los grandes (el pez grande siempre se come al chico), ni de la capacidad adquisitiva que ellos mismos marcan con sus contenciones salariales.

El caso es que cada día se observa más gente de apariencia ordinaria rebuscando en los cubos de basura. Más gente durmiendo en coches. Más gente tirada por calles y cajeros de bancos. Más gente deambulando en espera de la caridad de la familia, si la tiene. ¿Son todos foráneos? Evidentemente, no. Los inmigrantes saben organizarse en clanes. Muchos de los que vemos son vallisoletanos de siempre cuyas circunstancias -separaciones matrimoniales, despidos marcados por una edad avanzada que les impide volver a tener trabajo, crisis autodestructivas- les conduce a convertirse en seres extramuros en su propia ciudad.

La basura ya no es el espacio de lo residual. De los desperdicios, de lo inservible, de lo machacado. Es el espejo de lo que se compra innecesariamente y de lo que se aprovecha mal. La selección de residuos debe estar en nuestro propio cerebro. En origen. En ese adquirir lo que voy a gastar y a aprovechar. Lo siento. Creo que esto que digo es un pensamiento subversivo.

viernes 20 de noviembre de 2009

Caligrafía de calle


Descubrir la espontaneidad de la calle. Nada es verdad ni mentira, decía el poeta. Ejercitar la crítica consiste a veces en terminar una palabra imaginaria. La que no se llega a enunciar apenas. Un vocablo posible, una idea, una esperanza, un estímulo. No por llevar virgulilla, la E es más sacra. No por poner carteles para publicitar la inversión millonaria se ventilan los problemas. La crítica que pasaba por allí fue directa, rigurosa, agria. Categórica, se podría decir. Sin concesiones a la mejora de la situación. A pesar de eso, expresarse es importante. Y válido. Siempre que no se reduzcan los significados. Siempre que no se haga demagogia. Siempre que el discurso fluya y haga frente a los hechos. Por eso, sugiero que todos los carteles, como éste pegado a la puerta del mercado del Campillo, y de cualquier clase y en cualquier lugar, estén siempre al nivel de la mano peatonal. Estimulan la participación ciudadana. Como poco, se puede uno desahogar en ellos.

jueves 19 de noviembre de 2009

Un túnel azul, empapeladamente humano


Hay otro Valladolid, el de los túneles. No es un Valladolid visitable, ni de permanecer en él, no está pensado para eso, sino un Valladolid obligado y de paso. A ningún amigo que nos venga a ver se nos ocurriría mostrárselo, pero nos transmite abrigo y a muchos hasta recuerdos. Nadie vive en él, y sin embargo muchos ciudadanos invierten muchos minutos a lo largo de su vida en ese espacio soterrado. Es un elemento que a fuerza de ser usado y debido a su mínima estética -prima absolutamente lo pragmático- pasa desapercibido incluso para los viandantes, que sólo desean transitarlo lo más rápidamente posible.


El ferrocarril fue el elemento productivo regenerador de la ciudad desde la segunda mitad del siglo XIX. No sólo por establecerse unos talleres de reparación importantes, sino por las líneas de circulación de trenes que se pusieron en marcha. Por lo tanto, el trazado ferroviario, que al principio estaba fuera del caserío, acabó dividiendo en dos la ciudad.


Ciertamente hay un barrio de época moderna ya también centenario, justo el que surgió en función de la proximidad de los Talleres ferroviarios. Y que no dejado de crecer incluso en los últimos períodos de la industrialización de Valladolid en el siglo XX. Es el barrio de Las Delicias. Pero el resto de barrios que han crecido al otro lado de la vía son ya del tiempo de los polígonos de desarrollo industrial.


Al principio, el ferrocarril no estaba cercado como ahora. Las tapias, alambradas y vallas son recientes, de distintas épocas, algunas de hace cincuenta años, otras de algo menos. Ni que decir tiene que el vallado dotó de una fealdad supina al eje Norte-Sur de la ciudad. Solamente primaba la idea de evitar accidentes o gamberradas. De ahí que exista un vallado continuo que oscila entre muros grises desgastados o alambradas dignas de un campo de concentración.

Así que la penosa tarea de atravesar de una zona a la otra de la vía quedaba partida también, según qué zonas de este corredor de Valladolid, entre pasos en superficie (aún permanece el de La Pilarica, y hasta el reciente AVE todavía funcionaban el de La Esperanza, el Arca Real y el Pinar) Por otra parte, en zonas más céntricas que éstas se abrieron túneles tanto para vehículos como para peatones. Los Vadillos-Los Pajarillos, Circular-San Isidro, Arco de Ladrillo y Las Delicias son los puntos donde se encuentran, si bien su vida ya está sentenciada en la medida en que se soterre el trazado ferroviario por las exigencias de la Alta Velocidad y se desvíen los trenes de mercancías.

Es el túnel de Las Delicias el más veterano, de finales de los años cuarenta del siglo pasado. Cuando la circulación automovilística era mínima, lo cual ha proporcionado un túnel de vehículos con calzadas sumamente estrechas, y en el que se producían frecuentes inundaciones cuando llovía fuerte. Paralelamente, está el entrañable túnel de peatones, que hasta hace unos años era más corto, y que comunicaba desde la calle de la Estación hasta el otro lado de la vía. Posteriormente abrieron otra salida, ya más dentro de la calle Labradores.



Si la parte más vieja tiene una bóveda más o menos de medio punto, lo nuevo sigue el estándar de simple dintel de cemento. A mi me gusta lo viejo. Lugar de paso rápido, como he dicho antes, temeroso por las noches, aunque la iluminación sea más intensa, casi siempre ha sido un escaparate de reivindicaciones políticas, de protestas sociales, de reclamaciones cívicas de todo tipo, cuyos afiches y pintadas se superponen en una cinta sin fin. Un mural permanente que a unos les parecerá cutre pero que otros opinan que proporciona calidez y expresión de la vida urbana. Si sus días están contados, yo propondré que su parte más primitiva permanezca como testigo no sólo arqueológico sino de memoria social. No sé si el arquitecto Rogers habrá pensado en ello, ni si las autoridades que deciden estarán por un costo más. Pero su función bien merece un recuerdo vivo.



(Este post se lo dedico a mi primo Antonio, con quien tanto paseo para arriba y para abajo del túnel he compartido en los viejos tiempos)

miércoles 18 de noviembre de 2009

El otoño, ese instante



Día a día, los colores otoñales del Campo Grande se alteran. El parque es un pulsador cromático de la ciudad. Ese reino botánico decide su curso allende las actividades que los vallisoletanos desempeñan. Para mi es un calendario. Cada tonalidad de las plantas marca una fecha. El volumen de hojas caídas señala otra página que se pasa. Si alguien viviera sin las referencias formales al uso, ya se sabe, un reloj, un trabajo sistemático, un calendario de Hacienda, una liga de fútbol, etc., le bastaría con observar el paso de las luces y colores por el Campo Grande para saber en qué tiempo se encuentra.



El otoño es una debilidad, pero no mayor o menor que el resto de las estaciones. Simplemente es la debilidad visual de este instante. Como dice el haiku:

Hojas caídas
buscan en el origen
hojas nacidas

Y en esta debilidad me complazco. Sin melancolías, sin negaciones, sin pesimismos. Leyendo los colores de la estación entiendes. El color habla fuerte. Tras estos colores vendrán otros y otros más. Un ciclo sin fin que nos sobrepasará. Me permito esta debilidad hermosa del otoño. No pido disculpas por mi recurrencia. El parque me enajena cada vez más. Al contemplar el riachuelo calmo, sus bordes, las sendas recuerdo otro haiku que me llega del Este:
Hojas caídas
forman nidos a mis pies
marchitándose

martes 17 de noviembre de 2009

Y en esto llegó la poda


Y en esto llegó la poda. Como un hábito. Sin consulta ni elección a los interesados. Puede buscarse en ello un símbolo de regeneración. Desde que Jung lo dejó claro hasta la práctica de la poda puede ratificarse psicológicamente. ¿Para los plátanos o para el calendario de los urbanitas? Pero los plátanos de sombra quedan desprovistos de su sentido. La mano del hombre los desnuda cada año hasta cambiar su morfología. La estética es otra, asombrosamente opuesta a la frondosidad habitual. ¿En qué se convierten entonces? En unos dedos afilados clamando al cielo. En un signo de desgarro. En una desposesión. En la pérdida de su manifestación ostentosa, generosa. Entonces nos miran con una actitud retorcida, cuya belleza tampoco se nos escapa. Ellos hunden sus raíces, se amarran a la tierra, se dejan nutrir por el subsuelo freático. Exista en el ejercicio de la poda necesidad, costumbre o desagradecimiento, los plátanos han sido despojados de su manifestación, pero no de su fortaleza. Saben esperar en pie su revancha.



lunes 16 de noviembre de 2009

Entregada

La fotografía no es de ahora, es del verano. Puesto que el tiempo no existe, digamos que se puede situar en cualquier estación del blog. Yo la saco ahora porque tengo predilección y complacencia, ya lo he comentado en otro post, con los lectores ocasionales. Lo ocasional en este caso no reside en ellos sino en mi visión. Ella pasa desapercibida, pero yo no dejo que me pase desapercibida. Puesto que tampoco se trata sólo de una chica, me fijo sobre todo en la lectora. De ella no sé más sino que estaba sentada en un banco de Portugalete. Ajena a los paseantes y a los niños y a los cláxones y a las campanadas de La Antigua.

Posa sin darse cuenta, pero no es una pose lo que exhibe. Su cuerpo glácil se apoya en el banco lo justo para mantener la posición que permita facilitarle la lectura. Ni siquiera se apoya en el respaldo. Se mece. Armonía postural. Refleja, acostumbrada, segura. Cruza las piernas para hacer de las mismas y de su regazo un atril. El más adecuado. No me cabe duda alguna de que es devoción lo que la impulsa. La manera de sujetar el libro abierto con la mano izquierda manifiesta destreza. ¿Y la mano derecha? La mano derecha no reposa. Su ligereza no oculta del todo cierta tensión. Porque su mano, ¿es una batuta o un metrónomo? ¿Tal vez rescribe paralelamente el relato que está leyendo con una pluma invisible?

Entregada. Embobada. La materia bulle en las páginas del libro. Ella, mientras, delega. Sale de sí y absorbe otros mundos. Su concentración no baja el listón. Tentado estuve de preguntarle de qué libro se trataba. No quise perturbar su dedicación religiosa. Religio es vínculo. Vínculo de ida y vuelta que la lectora establece con la materia. ¿Se nota demasiado que me gusta que la calle sea también esto? Por otra parte, reconozco que prefiero con frecuencia quedarme con el misterio.

domingo 15 de noviembre de 2009

Impúdicas galerías


Tengo debilidad por las viejas y entrañables galerías de mi ciudad. Acaso porque es el otro lado del edificio, la parte de atrás, lo menos noble de la casa, suponiendo que su fachada lo sea. Puede que por su discreción y modestia. Acaso porque quedan pocas. Tal vez porque las colecciono en mi subconsciente.

Fachada y trasera de una casa son los opuestos, pero también los complementarios. Como en la hoja el haz y el envés. Como en la moneda la cara y la cruz. Como en la mano el anverso y el reverso. Como en la reflexión los pros y los contras.

Hay un elemento que los complementarios de un edificio comparten: la luz. Una luz de uso desigual. Más de vestir y aparentar aquella que penetra por los balcones y ventanales de las fachadas. Más práctica y operaria la que invade el espacio interior por las galerías.

En la desnudez de una galería hay exhibición. También interferencia. Hoy se diría que una invasión de la privacidad. Es como si quedara al descubierto el pudor de la casa y con él también el de sus moradores. Podría decirse que está a sotavento, estéticamente hablando.



Pero los inquilinos no se dejan. Sábanas, persianas o largas cortinas dotan de una modesta pudibundez a los ventanales. El maderamen se hincha y se da de sí, la cristalería se raja, los marcos se salen del quicio. Se disimula el abandono, pero la dejadez avanza.

La atracción de lo oculto. Limitadas a los espacios interiores entre viviendas, la visión de las galerías sólo está reservada a los vecinos de los edificios del entorno. Se enseña y se miran las balconadas externas, los miradores, las hileras de ventanas de la delantera, nunca las galerías que dan al patio, a los patios.

Los testigos que permanecen en la corteza del solar accidental también muestran sus huellas del tiempo. Los sistemas de construcción, los materiales, la quebradiza vertical probablemente sentenciada.

Visto desde la calle de los Moros. Si es un ejemplo de la ciudad que se acaba, a mi no me molesta. Prefiero la sinceridad conmovedora de lo pretérito y de lo que agoniza, pero que muestran la arquitectura de a pie de otros tiempos, a la falta de imaginación de tantos edificios nacidos y renacidos sin ninguna gracia en los últimos años en el corazón avasallado de este Valladolid que ha ido pasando de mano en mano.

sábado 14 de noviembre de 2009

Sábado y de cuentacuentos


Cuando ves la dedicación de Diana e Isabel con su cuentacuentos de los sábados en Rayuela, piensas que no hacen otra cosa sino prolongar la tarea lúdica de nuestras abuelas y madres. Evidentemente, los cuentos han variado, no sustancialmente, pero sí en la forma y en la generación de personajes y ambientes que antes permanecían reducidos. Se han adaptado a los tiempos y se han reciclado. No entendería la actividad de cuentacuentos si no es para proponer lecturas a los niños y ayudar a sembrar el gusanillo que les estimule la imaginación y suponga acicate en su esfuerzo lector. Ellas están ahí para animar a los peques. ¿Toman nota los padres que se quedan a acompañarlos para proseguir la jugada en casa?



Se dirá también que para qué demonios hacer este trabajo colectivo si ya existen películas, tele y demás dejaciones audiovisuales. Pues yo diría que solamente por hacerlo en el calor de participar en grupo con otros niños ya merece la pena. El cuento carece de sentido si no se participa y en la medida de lo posible si no se representa. Ellas, las cuentacuentos, están para conducir y motivar a la tribu. ¿Se trata de tener entretenidos a los niños durante una hora? Algunos padres lo verán sólo así. Y los niños, indudablemente, pasan un rato agradable. Pero si luego, cuando vuelvan a sus casa, son capaces de poner en marcha una narración o incluso representarla o si se cuelgan de un libro, la motivación habrá cumplido el objetivo.



Ni el cuento ni la fábula ni la anécdota ni el mito ni la narración oral ni las leyendas son inventos recientes. Son la sangre circulante por las venas de todas las culturas. ¿Corrían riesgo de perderse en el fragor de las formas de vida aceleradas e hiperocupadas de las gentes y familias de esta época? Las cuentacuentos vienen a apagar el fuego de la carencia, a suscitar la emoción del relato y a sugerir a la par lecturas con las que divertirse y aligerar la carga de los días. Las pequeñas dosis también calan.

viernes 13 de noviembre de 2009

El trampantojo que es más que un trampantojo


Cada vez descubro más a Valladolid como un Valladolid oculto. No todo es monumento gigantesco, e incluso los monumentos resultan ser una especie de cajas chinas. Siempre ocultando unos planos dentro de otros. Y descubriéndolos. ¿Cuántos paisanos se han fijado en este especial trampantojo, compuesto de cerámica pintada, ubicada detrás de la Plaza Mayor? Frente a los soportales de Cebadería, entre la Plaza del Corrillo y la calle Manzana está ubicado un viejo callejón llamado de San Francisco.



Este callejón está abierto durante el día y supongo que cerrado por la noche, ya que existe una verja a ras de la calle Cebadería. Digo yo que la pondrían para evitar gamberrismos que dañaran la obra y que se pueda acceder a las traseras de restaurantes que dan al callejón. No lo sé con claridad. Y al fondo, una representación espléndida del antiguo convento de San Francisco que estuvo ubicado en la Plaza Mayor, trabajada en cerámica.



Tiene aire de cuento este trampantojo, que no es uno cualquiera al uso. Pero que transmite nobleza y animación a la trasera del edificio del Banco de Santander que hay en la Plaza Mayor que de otro modo sólo sería eso, la sosa parte de atrás. Y puesto que esta ciudad fue una ciudad de innumerables conventos, iglesias y demás propiedades del clero, nada es de extrañar que se evoque su recuerdo. La Iglesia de San Francisco se situó en los terrenos del actual Teatro Zorrilla. En el plano de Ventura Seco se puede ver, señalado con el número 23.



Me gusta cómo queda todo enmarcado en el modesto conjunto urbano. Un callejón, así como un corral, que de estos aún quedan, son espacios públicos dignos de seguir siendo mantenidos y respetados. No son propiedad de los comercios cuyas traseras dan a los mismos. En este callejón de San Francisco lo chocante es que cuando entras no se sabe muy bien qué es arquitectura real y qué diseño de imagen y una obra de artistas. Pero eso sí, auténtico lo es todo. Se agradece la visión y la sorpresa. ¿Sigue siendo posible fomentar ideas de esta guisa?

jueves 12 de noviembre de 2009

Disculpen las molestias

Y en esto que voy donde Jesús Santos y me encuentro definitivamente cerrada su tienda de vinos y licores de Fray Luis de León. Llevaba ya tiempo el edificio deshabitado, olía y urgía a rehabilitación. Pero estos meses largos en que aún permanecía el establecimiento abierto, aunque sólo los sábados por la mañana, parecía que no iban a terminarse. Le llamabas por teléfono. Jesús, que prepárame una caja de cava, que tengo una despedida. Un cava que durante años ha estado trayendo de Cataluña con un gusto exquisito y por un precio asequible. Y Jesús te lo tenía dispuesto. Jesús, que necesito unas botellas de verdejo. Y él te sacaba el rico de la última añada. Jesús, que no sé si llevarme un Toro o un Ribera, que vamos a ser unos cuantos y hay para todos los gustos. Y al final te llevabas los dos, dejándote guiar por su criterio.



Nos hemos trasladado a la calle tal en el polígono cual, disculpen las molestias, reza el letrero. Nunca he entendido que los comerciantes pidan disculpas cuando cierran unos días o se trasladan a otra parte con su música. Al fin y al cabo van a hacer lo que necesitan hacer y les da la gana, te guste o no, porque es su corralito, pero a Jesús se las acepto con creces. Más allá de la formalidad, está la cordialidad receptiva que siempre ha mostrado. Y su campechanía ni se compra ni se vende, mal que le pese a la demolición del edificio, supongo que en ciernes.



Por cierto, ¿qué habrá hecho con los coñacs de más de medio siglo largo y los tintos de más distancia que aún tenía entre sus estantes? Jesús, te llamo y me lo cuentas.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Y Darwin habitó entre nosotros


Ir con la ilusión de ver una exposición sobre Darwin en Valladolid. Y eso que hay dos. La de la Universidad de Valladolid me pilla más a mano porque está en la sede del Museo de la Uva en el Palacio de Santa Cruz. Un marco imponente, y para mi entrañable, cuya visita empieza a ser ya algo habitual para muchos vallisoletanos, dado el estímulo que supone que coincidan en el mismo edificio tanto este museo como la Colección de la Fundación Jiménez-Arellano.


La verdad es que conmemorar los 150 años que se llevan de la publicación de El origen de las especies por medio de la selección natural es una excusa. Porque las teorías de Darwin sobre la evolución de las especies ya se vienen celebrando día a día a través de la investigación, el estudio y el fortalecimiento de nuevas ramas del conocimiento. Y estableciendo continuamente nuevas teorías, siempre cambiantes, siempre más precisas, siempre tan abiertas. Sin embargo, el trabajo de Darwin venía a consolidar una línea basada en la comprobación y la experimentación que no podía sino cuestionar las ideas creacionistas en vigor hasta entonces. Y eso, además de un mérito fue una revolución en la sociedad, en el panorama de la enseñanza y de la investigación, y en el planteamiento y vigorización del pensamiento moderno.



Las exposiciones pueden cumplir el papel de homenajear o de divulgar el trabajo y la obra del científico. Algo complementario y útil, no cabe duda. Y que cundan iniciativas de este tipo en ciudades como la nuestra, en la que probablemente un número alto de habitantes no sepa de qué va la fiesta, es digno de reconocimiento. Algo que yo no sabía es que todas las piezas expuestas que ilustran la exposición -libros históricos sobre Historia Natural, animales disecados, esqueletos, fósiles- son del Museo de Anatomía y del Museo Pedagógico de Ciencias Naturales, ambos pertenecientes a la UVA.


Especialmente curiosos me resultaron los documentos de Augusto González de Linares, un catedrático partidario del evolucionismo y que fue expedientado por defender las teorías darwinistas. Parece ser que el ministro de Fomento de la época sacó una circular prohibiendo la libertad de cátedra, tratando con ello de acotar la difusión de las teorías evolucionistas desde las cátedras. La España clerical y anticientífica ya se manifestaba entonces a través de sus instrumentos de poder, como lo sigue intentando hoy en día, aunque ya de poco le vale negar la evidencia cada vez más avasalladora en todos los campos científicos. Aquella medida de ministro de turno dio lugar a una reacción de profesores e intelectuales que fue fraguando la Institución Libre de Enseñanza.


Detecté sensibilidad y entusiasmo en la directora del Museo, María Jesús Gutiérrez. Si se quiere, hasta observé que lleva clavada cierta espina. Yo iba con la expectación de ver colegios enteros colgarse de la muestra. Sin embargo, no parece que hasta ahora los centros escolares estén respondiendo. Se escudan en que este tipo de materia va para otro cuatrimestre. Pero dejar pasar una exposición de este tipo en la ciudad, sin ser capaces de hacer al menos un paréntesis para que los chicos contacten con una explicación científica que ilustra un árbol de la vida que aún crece tanto en sus raíces como en su fronda, no responde a saber utilizar los medios. ¿Tan rígido es el sistema de enseñanza? ¿Tan burocrático, tal vez?


martes 10 de noviembre de 2009

El azar y la barbaridad


Y sigo con espíritu quejica. Lo que me gusta de Valladolid es que aún puedes encontrar lo viejo en el casco viejo. Relativo casco viejo, ya que muchas de las construcciones antiguas fueron demolidas sin piedad durante el desarrollismo. Es decir, en los 60, 70 y 80. Y lo que es peor, no tanto para reedificar manteniendo una tipología semejante, sino para levantar moles que hoy siembran nuestro centro urbano de dientes de sierra arquitectónicos francamente deplorables. La estructura centralizada que caracteriza a los cascos viejos de las ciudades tradicionales, con edificios de alturas más o menos homogéneas, con calles alineadas y mantenimiento de viviendas históricas, quebró fatalmente en esta ciudad que parecía hasta hace poco condenada a crecer sobre sí misma.

Ni siquiera las ideas tan en boga ahora para vaciar contenidos manteniendo fachadas -algunas con dudoso criterio estético- llegaron a tiempo para salvar de la última quema casas, casonas, palacios, posadas y mansiones nobiliarias varias que pululaban por doquier en la segunda mitad avanzada del pasado siglo. Mas no olvidemos que el negocio es el negocio y hasta hace poco hemos sido más súbditos que ahora.



A veces, cuando se comenta sobre el atroz sometimiento político del franquismo se olvida con frecuencia por parte de la ciudadanía lo que tuvo lugar en materia de barbarie urbanística y arquitectónica, sobre todo en la última etapa. Precisamente la de la revitalización industrial de España, eso que se dio en llamar un tanto eufemísticamente los años del desarrollo. A su sombra, algunos constructores potentados y muchos nuevos contratistas recién salidos de su oficio de albañiles se ponían manos a la obra, nunca mejor dicho, para entrar a saco en las ciudades. Naturalmente, respaldados por una legislación antigua, cuando no vacía, que les permitía todo.


Pero yo no quería hablar de esto. Lo que ocurre es que una cosa te lleva siempre a la otra. Para entender el acontecer urbanístico de los últimos años, sus límites, sus condicionantes y su dirección, tienes que recurrir a la memoria de los años de la destrucción urbana. Yo, al menos, no puedo evitarlo.

De entonces viene la permanencia de esos residuos de edificaciones maltrechas, abandonadas o medio abandonadas que aún permanecen en calles céntricas. No son muchas, pero chocan. Y algunas, hasta me caen simpáticas. Por ejemplo la de ese muro de ladrillo donde se lee aún el nombre de un negocio desaparecido. ¿Saben dónde se encuentra? Miren la foto que viene a continuación y acaso las conecten. Están viendo pasar el tiempo, no como la Puerta de Alcalá, sino por una de esos azares pasivos de la historia que a uno se le antoja, insisto, simpáticos.



Nota una. Todas las fotografías adjuntas reproducen edificios que contrastan entre sí y que se encuentran en el mismo área, en pleno corazón de la llamada zona monumental. Ejemplo fehaciente de cómo divorciar de entrada la historia secular de la ciudad con los últimos días de la misma.

Nota dos. Para el que no haya caído todavía. El muro de piedra es de un lateral de la Catedral. La pared de ladrillo mira al de la catedral de frente y altanero, ya saben, en la calle Cardenal Cos, donde el bar Berlín, y a mi me parece que tiene su gracia.

La dama de la orquídea


Ni el día de su cumple sabía bajar el listón. Si la mujer no tenía poco con lo habitual, encima va y se mete a hacer el programa de la Televisión de Castilla y León sobre libros. Se lo ha tomado en serio en su papel de matrona nutriente de Silencio, se lee. Este año no sé si felicitarla o decirla no te pases, Charo, que los ritmos no son eternos. Pero desde su madriguera en la librería Rayuela, Charo parece replicarme con un puedo con esto y con menos.

lunes 9 de noviembre de 2009

En busca del Valladolid perdido

El vallisoletano curioso sabe que siempre hay otros vallisoletanos curiosos que se le han adelantado. No es que uno tenga especial predilección por detenerse con frecuencia ante las obras públicas o las construcciones privadas, como es moneda común entre los ociosos, sean jubilados o no. Pero va distinguiendo que donde hay agujero en una valla recubierta de red hay poco menos que noticia.

En la parcela donde se derribaron hace pocos años las últimas casas próximas a la Antigua -¿quién no se ha tomado vinos en el entrañable y ya desaparecido Gabino?- están aflorando los vestigios del Valladolid secular. No parece que sea nuevo. Ya aparecieron restos de distintas épocas en la zona de la cabecera de la iglesia y en general en cualquier espacio de esta zona, poblada desde el tiempo de la romanización. El hipocausto romano, la necrópolis de la Baja Edad Media y bóvedas de puentes del Esgueva constituyeron algunas de las sorpresas.


Lo que a uno le mosquea especialmente es que estas excavaciones no parece que se realicen a causa del interés arqueológico en sí que el Ayuntamiento debería mostrar por principio. Sino que juegan el papel de una especie de catas con vistas a descartar que no haya restos importantes que impidan ejecutar el nuevo aparcamiento subterráneo de vehículos en ciernes. Un planteamiento a la inversa, sí señor.



Es decir, que lo que cualquier entidad municipal moderna y culta plantearía como de interés primordial, es decir, conocer el pasado de la ciudad y comprobar el valor y la dimensión de lo que existe en el subsuelo, aquí parece revelarse lateral y subsidiario respecto al interés fundamental: ampliar la red exagerada de aparcamientos en profundidad, lo cual, en lugar de disuadir a los conductores para que tomen el centro de la ciudad, lo que hace es provocar precisamente su congregación.
Ah, y algo importante que no hay que olvidar: juegue o no un papel en el futuro este tipo de aparcamiento gruyère, el negocio de las empresas constructoras ya está hecho. No sé si uno resulta excesivamente puntilloso, pero sospecha, no sin base lógica, que cualquier tipo de gestión urbanística de una urbe parece ir a remolque del negocio de las florecientes empresas privadas que estos últimos años han hecho su agosto con el suelo del país, sea en el interior o en la costa.


Con esta mentalidad no sería de extrañar las prisas en efectuar las excavaciones arqueológicas de la zona de la Antigua. Aparecerán restos de las viviendas desde la Edad Media, los trazados de sus calles, los sedimentos rellenados de antiguos cauces de la Esgueva sobre los que se consolidaron nuevos núcleos urbanos. Cuando leo la prensa y las declaraciones que efectúan las autoridades y los técnicos municipales, me los imagino cruzando los dedos para que no salte nada importante que demore el plan de ejecución del aparcamiento.

Todo da la impresión de que se trata, por lo tanto, de levantar acta de que ahí debajo hay piedras -sí, la ciudad perdida del Valladolid extinto-, sin mayor valor -habrá que ver qué concepto de valor tienen en el Ayuntamiento-, y como ya es sabido que para el común de los ciudadanos las piedras no dicen demasiado, pues a taparlas de nuevo o a levantarlas si eso es lo que exige la técnica para el nuevo templo de aparcamiento de la chatarra rodante.

Uno desea que de una santa vez aparezca algo de un valor especial, algo que no pueda ignorarse ni machacarse sin que suscite escándalo, algo que ponga en guardia a los ciudadanos ante el mantenimiento de ¿unas simples piedras? Yo diría que en ellas hay también señas de identidad. Pero, ¿queremos preservarlas? Memoria histórica -maldita coalición de palabras que hiere los oídos de nuestros regidores- y física, al fin y al cabo. ¿La respuesta? En cosa de dos meses. Lo que dure la excavación por imperativo legal, lo que lleve lavarse las manos entre competencias jurídicoadministrativas y lo que aguante la presión del negocio en marcha. Ojalá me equivoque de cabo a rabo. Prometo desdecirme y pedir perdón.

domingo 8 de noviembre de 2009

Frágiles necesarios


Me emociona la fragilidad de un árbol ligero. Esos destellos de vegetación entre la fronda que crece a sus espaldas. Probablemente ellos serán así siempre. Es su natural modo. Su sentido. Su esencial manera de ser. Frágiles, pero necesarios.

También se dejan descolorar por el otoño. Pero ¿acaso se rinden sin suscitar colores? La caducidad de sus hojas, que les va a dejar en breve en su tronco magro, les hace implorar al cielo cual canto del cisne. Y hacen de ello un alarde que si la savia apenas apoya, al menos se mantienen orgullosos en sus formas.

Amo los árboles pequeños. Que disfruten del color de la sorpresa. Milagros de la metamorfosis. Aunque los ciclos se repitan, nada es jamás igual. Como mi propia visión no lo había sido hasta ahora. Ser tardío para mirar no es haber renunciado. Y quién sabe si uno no se recupera con la percepción de un adolescente. Claro, un adolescente no enajenado por la sociedad virtual que pretende devorar no sólo los bolsillos, sino la capacidad receptiva.


sábado 7 de noviembre de 2009

El lenguaje de las pintadas


Entre las pintadas que han cundido por la ciudad el vallisoletano curioso ha visto de todo. Desde aquellos lejanos tiempos en que las paredes eran un dazibao a la española, ha llovido mucho en materia de expresión gráfica. La falta de reconocimiento del derecho a expresarse aguzaba la capacidad sintética de los lemas. El viva o muera tal o cual pueden parecer cutres a estas alturas, pero nadie duda de que eran concisos y desahogaban a las almas tiernas. El queremos libertad, o pan y trabajo, o no a la dictadura, resultan ahora demodé, pero respondían a un sentimiento extendido y más o menos unánime. Claro que a fuerza de repetirse podían sufrir el propio deterioro de lo archisabido que además se agravaba porque el objeto de los gritos de guerra no acababa de lograrse nunca.


Por otra parte, las pintadas triunfaban si a corto plazo eran tachadas o eliminadas de los muros. A pintada muerta, pintada hecha, era la respuesta rediviva. Porque las pintadas tenían vida propia. Eran un mundo en sí mismas, tras las cuales no siempre había que ver la mano de una organización clandestina y conspiradora, sino que con frecuencia eran la expresión refleja, sana y natural de un tirador solitario. ¿No aconteció en cierta y lejana ocasión que las paredes de las facultades de Filosofía y Derecho, ambas en el viejo edificio de la Universidad, amanecieron con frases de toda guisa imaginativa y tras las cuales no se encontraba ninguna dirección política?



Eran otros tiempos. Porque aunque este país ha tenido una larga tradición de expresión mural, donde se cantaban y decantaban glorias y decepciones ciudadanas, no todo han sido pictogramas de corte político o sindical. Y últimamente, independientemente de los grafitis insulsos de los quinceañeros, se manifiestan ciertas manos cuyo significado no resulta fácil de alcanzar. Mi madre no me deja, aparecida junto al túnel del Arco Ladrillo, puede ser simplemente un mensaje desmesurado y angustioso de un colega adolescente a otro. Aunque cuesta creer que se busque este método mural para expresar algo que se puede hacer rápidamente con la sobredosis de emails o de esemeses continuos que la gente se gasta. ¿Será un grito de guerra? ¿Se tratará del nombre de una tribu? ¿Será la renuncia a un compromiso amoroso urdida en la excusa de la autoridad maternal? ¿Habrá un secuestro oculto en el seno de una familia de bien?

Sobre las otras imágenes, nada que decir. A mi no me sugieren nada. Imágenes en base a una plantilla cuya intención no se me revela. Aunque se admiten interpretaciones o pistas. Hay quien opina que es publicidad encubierta. O acaso son simples manifestaciones de estudiantes de diseño y grafismo. El caso es que han aparecido por diversas zonas, y las de estas fotografías andan por el barrio de San Andrés. No sé si me gustan. Verlas repetidas en diferentes paredes acaba resultando un tanto siniestro. Y para repeticiones e intenciones perversas ya tenemos la publicidad.

viernes 6 de noviembre de 2009

Esos portales desconocidos...

Uno de mis últimos descubrimientos es la ciudad contemporánea. ¿A estas alturas? Sí, a estas alturas. Y reto a otro urbanita medio a que me asevere que él ya lo descubrió hace tiempo. Porque haber vivido en ella durante una parte de ese tiempo contemporáneo no implica haberla conocido en la suficiente extensión.

Por supuesto que la memoria de calles, casas, casonas, patios y pasajes donde jugábamos de niños permanece. Pero cuando jugábamos, simplemente eso, jugábamos. No hacíamos otra cosa. No permanecíamos en los detalles. Aún nos asaltan imágenes más o menos imprecisas de patios con columnas, pasadizos, escaleras, rincones...que no se resistían a nuestra indagación. Pero los detalles, o estaban ocultos o nuestra mirada era aún demasiado estrecha para percibirlos. Es ahora, al cabo del tiempo en que la memoria es fresca pero no suficiente, cuando uno se da de bruces con los detalles de toda la vida, que estaban ahí pero que no vio anteriormente. ¿Será que uno tiene ahora otra mirada?


Cuántas casas de aquéllas han desaparecido. Cuántas han rehabilitado con escasa fortuna, sin parecerse hoy día a lo que fueron. Pero sigue habiendo espacios con su pequeña riqueza y simbolismo. Uno de esos detalles que se ofrece como rico regalo de la arquitectura burguesa de un Valladolid emprendedor, siempre a medias, siempre insuficiente, pero decidido y que apostó por el desarrollo industrial y profesional de la ciudad, se manifiesta en las estructuras y fachadas de edificios de calles como Muro, Gamazo, López Gómez, Miguel Iscar, Acera de Recoletos, Platerías, etc.

Y desplegando detalles dentro de los detalles, como esas cajas chinas ofreciéndonos sorpresas concéntricas, las puertas y portales de muchos de estos edificios nos deparan admirables representaciones ornamentales. Y ahí el tallado de los ebanistas o los frescos de los estuquistas o la huella de los azulejeros o el temple ferruginoso de los rejeros que levantaron las barandillas de las escaleras.

En la restauración de algo de esto andaba Bárbara y su compañero, lijando el maderamen de la puerta y renovando la pintura de las paredes de entrada a uno de los portales de López Gómez. Fue ese trabajo esmerado el que me llamó la atención y el que me llevó a descubrir un interior que es representativo de ese Valladolid menos conocido y que yo llamo el Valladolid oculto. Por más que esté a la vista de cualquiera. Se dirá que muchos no pueden enterarse porque no han tenido motivo para entrar en alguno de esos portales. Pero, ¿cuántos de los que frecuenten oficinas, academias o viviendas y entran y salen varias veces al día, han caído en la existencia de esos elementos decorativos que ennoblecen paredes o techos? ¿Cuántos se paran a disfrutarlos?

jueves 5 de noviembre de 2009

¿Walter Gropius?




¿Marcel Breuer?






¿László Moholy-Nagy?






¿El Lissitzky?






¿Olga Rozanova?