diario de un vallisoletano curioso

lunes, 28 de diciembre de 2009

La esperanza perdida

Contemplar la vieja estación de La Esperanza adquiere un matiz diferente de hacerlo en verano o en invierno. A pesar de su vacío, en verano la exuberancia del ramaje de los árboles acaricia el andén y nos confieren el sueño de que la estación aún ve llegar y partir los trenes de pasajeros a Ariza. Más de doscientos cincuenta quilómetros de red viaria. En el tiempo en que acabo de hacer las fotografías, la soledad se duplica. Las hojas marchitas de los plátanos imponen una tristeza superior. Al ver el huerto de Pedro, con su higuera pelada en un ángulo, cuando lo he admirado cuidado y fructífero en el verano, se me cayó el ánimo. El abandono siempre es duro. El vacío es demoledor.

Ciento catorce años nos contemplan, aunque de ellos catorce de abandono total. ¿Definitivo? Esta vieja e inteligente línea, que fue creada en 1895 para establecer una comunicación en sentido Oeste/Este, te permitía llegar incluso a Barcelona, uniéndose por tierras aragonesas con otra red. El decaimiento lento, viniendo de muy atrás del transporte ferroviario, tanto de pasajeros como de mercancías, así como la reconversión salvaje de los ferrocarriles dio al traste con esta línea, así como con otras del país.
Lo fascinante del ferrocarril a Ariza es que atravesaba todo el Valle del Duero. Algunos de los trenes paraban en los pueblos, en los que permanecen todavía edificaciones análogas a la Estación de La Esperanza. Pero la historia está ahí. Sugiero consultar la dirección http://esperandoaltren.blogspot.com/2007/02/el-ferrocarril-valladolid-ariza-1-parte_19.html, por ejemplo. Hay informaciones variadas en internet.

¿Posibilidades de reconvertir de alguna manera el trazado? Planes, proyectos y sobre todo sugerencias, como las de la gente que ama el ferrocarril y se agrupa en ASFAVER, hay sobre la mesa de la Junta de Castilla y León, de nuestro Ayuntamiento y de los Ayuntamientos de otros municipios del recorrido. Ya sabemos que no son buenos tiempos para exponer gastos. Mas el criterio con que se utilicen las inversiones, y cómo se liguen al desarrollo de las zonas, deberían tenerse en cuenta. Aunque el recorrido rescatado atañase solamente de Valladolid a Peñafiel, con un sentido de descubrimiento, de excursión y de recreación cultural, ya habría merecido la pena. El Valle del Duero y su próspera industria del vino lo agradecerían, indudablemente. Pero nos satisfaría a todos.

Acaso fuera ésa la salvación de una vieja estación de ferrocarril como La Esperanza, cuyo hercúleo edificio, incluso algunas dependencias de ladrillo y piedra próximas, podrían esperar de verdad un renacer. Al fin y al cabo, la estación se encuentra en zona céntrica, al borde del comienzo de la carretera de Madrid, en las inmediaciones de lo que denominan Ciudad de la Comunicación en ciernes, si el pinchazo inmobiliario lo permite. Un edificio así y su entorno debería imbricarse en cualquier proyecto urbanístico nuevo, y más con la proximidad de la Estación general, a donde llega el presuntuoso AVE.







domingo, 27 de diciembre de 2009

Una geometría que eleva

Me gusta cómo ha quedado esa medianera y la fachada interior del edificio que, de hecho, es exterior. No es frecuente que en Valladolid se decoren las medianerías con motivos figurativos y menos geométricos. La mayoría de ellas ni siquiera se decoran, una capa de pintura y basta. Aquí, a mi modo de ver, cuaja tanto el color como esos triángulos por encima y por debajo de las ventanas. Estos generan unos hexágonos alargados con tonos diferentes que elevan la pared en un engaño óptico francamente logrado.

En este edificio ya longevo, pero con buenos materiales de piedra y ladrillo, el diseñador ha ennoblecido todas las paredes que no son de fachada. Incluso ha echado un buen pulso a la noble factura que ésta ha mantenido siempre. De esta manera, el edificio gana en perspectiva en sí mismo y se salva del abandono que mostraban anteriormente sus paredes.

No, no está en Viena o en Berlín y, aunque la geometría podría beber de la Bauhaus, se encuentra en la calle Duque de Lerma, junto a la Plaza de la Universidad. Hay obras que no pueden escapar al ojo del paseante y que dotan de satisfacción al vecindario. Se agradece.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La agonía de una fuente


Si hay una imagen que rezuma más abandono en esta ciudad es la de la fuente de la calle de la Estación. No sólo abandono, sino que es la viva expresión del desagradecimiento. Durante décadas ha estado proporcionando agua, junto con la Fuente del Caño Argales, a los vecinos de San Andrés. Incluso cuando las viviendas tenían agua corriente, los cortes eran frecuentes y ahí estaba esta fuente y la del Caño Argales para paliar la situación. Aun a costa de aquellas inevitables colas de chicos y mayores con sus cubos o sus garrafas. Su suministro lleva cortado muchos años. Su imagen es un testimonio de servicio a la comunidad.

El agua de la traída de Argales pasaba también por aquí. Al otro lado de la tapia medio destartalada, las vías del tren. Y en las tripas del terreno es probable que aún permanezcan restos de un antiguo convento, el de la Merced Descalza. Tanto estos restos como los de la conducción de la fuente aparecerán cuando se lleven a cabo las obras del soterramiento del ferrocarril. La fuente de la calle de la Estación a la altura de Panaderos permanece agónica y tristona, esperando la piqueta. Una fuente muda que sólo habla a los transeúntes de edad que aún recuerdan la experiencia del caldero.




viernes, 25 de diciembre de 2009

A la manera de un Manifiesto del Paseante

A la vista de ciertas apariencias, se diría que el oficio de paseante es sólo propiedad de jubilados, de desocupados o simplemente de ociosos. Sin embargo, el paseo es ante todo una invitación, una tentación irreprimible y gratuita para cualquier ciudadano que desee abandonar por un tiempo sus obligaciones cotidianas y se deje arrastrar sugerentemente por la ciudad. O mejor dicho, por sus calles y avenidas, que son las que conducen a descubrir la ciudad. Porque la ciudad está repleta de sugerencias. Y no hay edad específica para el paseo. Todas las edades son propicias. Y cuanto más pronto se ejercite, sus descubrimientos van a propiciar más goce y conocimiento.

Las imposiciones de los tiempos actuales pretenden reconducir las formas de vida siguiendo el ya viejo patrón norteamericano. Es decir, ese eje cuadriculado que consiste en tráfico-centro de trabajo-supermercado-vivienda. Habrá quien piense que ese paisaje de ocupación se rompe y dulcifica con el gimnasio, el polideportivo, el estadio o la piscina, por ejemplo. Acaso lo único que se hace es ampliar la compra en la oferta del mercado. Afortunadamente, nuestra ciudad no es una ciudad prototípica de allende el océano. Aunque el crecimiento de un área metropolitana, que involucra a nuevos vallisoletanos de proximidad, tenga ya ciertas semejanzas donde sus habitantes corran el riesgo de alejarse del núcleo madre.

La manera de vivir forzosa, y no siempre elegida de la manera más conveniente, contempla más la ocupación del tiempo y la huída del vacío que el sano ejercicio de la desocupación. Porque pasear, además, es desocuparse. Librarse de la gravedad de las obligaciones y de los compromisos. Sentir de otra manera, más saludable y más propia, el cuerpo y el pensamiento.

Los paseantes vocacionales y los espontáneos, es decir, todos cuantos escuchamos nuestra biología íntima, invocamos otra cosa. Frente a las nuevas alternativas de ocio que, en realidad, se nos venden como actividades que obligan y agobian nuestros tiempos, reclamamos la distensión, el disfrute del tiempo sin mediar intercambio mercantil o con mínimo de gasto. Propugnamos la ocupación con mirada escrutadora de la ciudad. Pasear es también aprender a mirar. Los objetos siempre están ahí, con sus variantes y cambios, provisionales o definitivos.

El binomio tiempo obligado/ tiempo libre, de difícil y en ocasiones sofocante combinación, se convierte frecuentemente en un extraño artefacto mecánico que trata de incorporarnos a su giro monótono como hombrecillos articulados que bailan cuando se les da cuerda. Pasear sin tensiones, por el contrario, nos desmecaniza, nos desconecta, nos desobliga. Y además despierta dentro de nosotros la mirada lúdica y expectante sobre el entorno. Jugamos a la aproximación de la distancia. Miramos hacia las obras del pasado y disfrutamos lo salvado de una herencia fecunda que no todas las épocas de nuestra ciudad ni todos sus gobernantes supieron respetar y trasladarnos.

El relieve de la foto, tomado de la puerta de un establecimiento de la calle del Val, muestra al peatón apresurado que ya se afirmó en el pasado siglo. Hoy, ese híbrido que combina carrera de coche y carrera de pies sin tomarse un respiro, debe elegir antes de que el estrés y la atrofia le sentencien.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Ramo o cuerno de la abundancia

Que la ciudad sorprende a quien busca la sorpresa, no cabe duda. A veces vas por la calle y te asalta una chica de una oenegé para hacerte socio, por ejemplo, o un recogedor de firmas para una causa noble, se supone. Pero eso ya no es nuevo. Lo nuevo es que te fijes de repente en que te ofrecen un ramo de flores desde una puerta con cerca de noventa años, ante la que habrás pasado ¿cientos, miles de veces? Un ramo que podría ser un cornucopio. En ambos objetos hay gratificación, dones y abundancia. Quédate con lo que te guste. Muy propio también para estas fechas que tanta gente celebra como el no va más. Como si lo siguiente, el día a día, te lo concedieran satisfactoriamente por añadidura. Y es que perseguimos la vida como si fuera el cuerno de la abundancia y no hubiera que pagarlo a cuenta. No está mal. Pero la mayoría de las veces nos tenemos que conformar con el ramo. Y ya es bastante.

Este obsequio en forja pertenece a la decoración de la puerta de un edificio interesante de la calle Gamazo. Una de las pocas muestras del llamado movimiento Deco. Merece la pena contemplar la fachada desde la acera opuesta y los cuerpos que constituyen el edificio. Yo no me pude resistir al forjado de la puerta. Los ramos tenían tanta fuerza expresiva que no pasaron desapercibidos. Y motivos análogos, los hay en abundancia en Valladolid. Irán desfilando, sin aire marcial, más bien entrañable, por el blog de este curioso.


















miércoles, 23 de diciembre de 2009

De paso a nivel a puzzle

Érase una vez un paso a nivel muy viejo. Tantos años tenía de ferrocarril, que el paso estaba decrépito. La gente pasaba mirando o no las vías, los atrevidos desafiaban las barreras, los coches daban botes. Cuando iba a llegar un tren las barreras paralizaban a todos. Los minutos se hacían infinitos y los nervios cundían. Porque a veces tras un tren venía otro u otro. Una aventura. Y sin embargo, la aventura se había iniciado hacía tanto tiempo, con ilusión y esperanza. Porque si el Barrio de la Esperanza, incluida el monofamiliar La Farola, se llamaba así era porque tanto los Talleres del Ferrocarril y la Estación Campo Grande , así como la instalación de la Azucarera Santa Victoria, venían a fundamentar una especie de optimismo sobre el desarrollo de la ciudad. Se concebían esperanzas de prosperidad para esta zona hacia el Sur de la ciudad.

Pero el paso era eso, una manera horizontal de cruzar las vías, un modo de salvar barrios que iban naciendo, como una prolongación del efecto de los Talleres de la Compañía del Norte. Barrios que luego crecieron y por último se consolidaron. Se afirmaron tanto estas nuevas zonas residenciales que no hace muchos años el paso empezaba a ser denigrado por los vecinos y por los automovilistas. En otras zonas de la ciudad se abrieron túneles para facilitar el tránsito. No sé si porque este punto era angosto, entre la Azucarera Santa Victoria y las viviendas inmediatas del Camino de la Esperanza, o por qué, pero no hubo nunca manera de disponer de otra solución que no agobiase y arriesgase tanto a todo el mundo.
Y en esto llegó el AVE, apenas año y pico o dos años. Y la solución dejó, de momento, de serlo. Con su llegada en superficie a la estación Campo Grande, el recorrido tenía que estar vallado, protegido y aislado. Por el bien del AVE, sobre todo. Y el paso se acabó. Para los coches desapareció totalmente. Para los peatones, los que van a trabajar al Polígono Argales o se dirigen a algún destino entre Carretera Madrid y Las Delicias y Zona Sur, se levantó una macroestructura aérea de metal, todo vigas y rejas, donde la sensación de aprisionamiento obliga a recorrerlo lo más rápidamente posible. Los vecinos le llaman la Pasarela. Pero más parece un puzzle que un paso elevado o una pasarela.

Se supone que con el soterramiento de las vías, todo obstáculo en superficie desaparecerá. Ojo, todo no. La circulación rodada es siempre una barrera incómoda y arriesgada, sobre todo si no se planifican y diseñan bien las calzadas. Qué buena ocasión sería ésa para desarrollar una línea de tranvía que uniera lo más alejado de la Zona Sur con lo último de la Norte. Barrios como Covaresa y Parque Alameda, Arturo Léon, La Rubia, La Esperanza y Paseo de Zorrilla, parte del Centro, Carretera Madrid, Delicias, Circular, Vadillos, Pajarillos, Pilarica...es decir ¡más de media ciudad! Podrían quedar conectados con un sistema rápido, cómodo y no contaminante. Otras ciudades lo han logrado. ¿Por qué no la nuestra? Es una cuestión de criterios, de decisión inversora y de apuesta de futuro. El alcalde en activo no está por la labor. Pero un proyecto tan interesante, provechoso para la ciudadanía y avanzado para los tiempos que lo exigen, ¿tiene que depender de una figura efímera? Tal vez el tan traído y llevado arquitecto Rogers, que debe estar planificando la solución del ensanche de futuro, los terrenos de los antiguos Talleres de RENFE, tenga una visión más adecuada.

La sensación al tomar esta especie de puente de La Esperanza es chocante. Configura un avance y retroceso, que para sí querrían las composiciones musicales. Al vallisoletano que no se haya acercado nunca a este punto las fotografías le despistarán. Sí, son un puzzle. ¿Hay alguien capaz de casar las piezas?


martes, 22 de diciembre de 2009

Los vivas de la tolerancia


Me gusta esa porción de ciudad rompedora. Que la hay. Esos iconoclastas que rompen las imágenes deformadas de su espejo. Esos ciudadanos que salen del cascarón, para descubrir que hay vida más allá de nuestro cigoto. Esas gentes que se sienten ciudadanas del mundo. Esos paisanos que se encuentran a gusto cuando van a otras urbes, a otras regiones, a otros países, a otros continentes. Esos hermanos que respetan los lugares que visitan y respetan a los que nos visitan. Esas personas que quieren saber del otro y que descubren su mundo a aquél que quiere interesarse por uno. Esos que acogen a otros, vengan de donde vengan. Esos que extienden los brazos para tender puentes. Esos que extienden sus palmas para estrechar otras manos. Esos que borran fronteras. Esos que desbordan los límites. Esos que escuchan al otro para aprender del otro. Esos que hablan a los de afuera para que sepan de nosotros. Esos que sienten a los ajenos como propios. Me gustan esos vallisoletanos que entienden que nuestra ciudad es ciudad abierta. Y los que aceptan la tolerancia. Y los que arrancan a nuestras mentes de los colores grises. Y los que transmiten generosidad. Y los que invitan al apoyo mutuo. En fin, que me gustan los heterodoxos, porque de ellos resultará la riqueza de las comunidades humanas.

(Chocante encontrar la pintada de la fotografía en una calle del centro de la ciudad. ¿Exponente de todo lo que comento o simple boutade de un barcelonista que quiere hacerse notar?)



lunes, 21 de diciembre de 2009

El bosque nevado

La madrugada prendía lenguas de nieve sobre las calles. Lo sé porque me levanté casualmente, y me dio por mirar a través de la ventana. Luego me acordé del Campo Grande, y en el aspecto que podría adquirir bajo la coposidad. Tenía que ir cuando amaneciera hasta él, como fuera. Es donde más belleza adquiere la nieve acumulada. Como si los árboles caducos, las hojas persistentes y aún verdes, y la nieve reciente firmaran un pacto transitorio y efímero que no había que perderse.

El tráfico, ya intenso de par de mañana, estaba enloquecido. Los autobuses tenían una avería en su sistema informático y no sabías qué autobús iba a tal destino o a tal otro. Las aceras amagaban hielo y escarcha, según fuera el tránsito de viandantes. Al final me decidí por ir a pie. La temperatura era ascendente y llovía. Aquella nieve prometía escasa duración. Temí lo peor.

Y lo peor era que el Campo Grande no estuviera lo suficientemente impregnado de la nevada. No me importaba. Un paisaje totalmente cubierto de nieve no es un paisaje. Es otra cosa. La nieve lo tapa todo y no sabes dónde estás. Yo buscaba un paisaje donde la nieve no ocultara las señas de identidad del lugar. No importaba que no fuera excesiva. Quería el contraste, pero a la vez, la visualización del territorio.

Pero la lluvia iba deshaciendo más deprisa de lo que pensaba la capa blanca. No obstante, estimulado por la grandeza y la soledad del parque, me dejé llevar. El agua del río, mansa y especular, en un tris de helarse. Los patos y gansos se reunían en consejo a la orilla del lago. Veía algún pavo real subido a un árbol fecundo, del resto ni señas. Las estatuas de los ilustres, con su coronilla pertinente. Pensé en el sotobosque y en la humedad beneficiosa que le hará fructificar. Pensé en las raíces de los árboles bebiendo insaciables. Pensé en la importancia de lo acuático, en sus maneras lentas y profundas de rozar la superficie de la tierra y penetrar por sus poros. Pensé, en fin, en que no sabemos lo que tenemos. En que acaso despilfarramos lo fundamental para colgarnos de lo secundario. Entiendan que me enrede tanto en este parque nuestro que vivo como un bosque.


domingo, 20 de diciembre de 2009

Neptuno autista

Hay días en que el vallisoletano curioso amanece introvertido. Prefiere parar. Mirar para otro lado. Mejor hablar con las estatuas. O acaso sentirse como ellas, observando el fluir desde una orilla.

El Campo Grande siempre es una buena excusa para la abstracción. Los motivos que lo habitan son diferentes a los competitivos de la vida ordinaria. Neptuno, asomado en su guarida de otoño, y que conoce muy bien las cuatro estaciones, puede ser un modelo de ver pasar los acontecimientos.

A él no le importa que hoy esté siendo el día más frío, de momento. Es un hijo del océano. Y, cómo no, mira hacia la desembocadura del río que transcurre a sus pies.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Menú del día


A ver quién puede ofrecer un menú más sabroso. El Penicilino lo hace. Ese día tocaba Gamoneda. ¿Por qué no una buena ración de poesía antes de entrar al bar y para sentirte ya bendecido en su interior? Reconozco que El Penicilino de ahora no es el mío, y no es por hacer de menos al actual. Y podría serlo, si lo frecuentara de nuevo. Aprecio y me gusta ver la acogida abundante que tiene por parte de gente joven y de otra no tanto, según las horas y los motivos de encuentro. Te puedes perder en los humos, cierto, pero la clientela es como tú, y eso te hace sentir cómodo. Pero no sabes por qué, pero el fantasma del viejo Penicilino te persigue, y cuando entras de nuevo sigues rastreando las huellas perdidas.

Mi Peni era aquella taberna inmensa, con media docena de tinajas de una capacidad descomunal, tal vez poco acogedora desde el punto de vista actual de este concepto, pero un verdadero check point de estudiantes y parroquianos. Combatías la frialdad de aquella taberna de techos altos, a través de una cháchara con tus amigos o compañeros de la Uni sobre las inquietudes del momento. A veces era el epílogo a unas partidas de futbolín o de billar en Cascajares. Hablar a estas alturas de la pócima misteriosa que daban, el penicilino, absoluto secreto de la casa, y del mantecado de Portillo es ya un tópico del recuerdo. Pero a la pandilla os gustaba haceros los encontradizos con los profesores de la época y, tal como sucedía cuando ibas por Casa Gabino o por El Corcho, que en un alarde de aproximación cuando no de confraternización por su parte, os pagaran la ronda de claretes.

Uno echa de menos en los últimos tiempos, antes de que lo cogieran los chicos de ahora, las tertulias de a pie con Manolo Cossío, mostrador de por medio. A cada visita me ponía al día del último libro que había descubierto. Era habitual que, si no había nadie, le pillaras con Chateaubriand, por ejemplo. Tal vez la infrecuencia de encontrarte con un lector ávido más que con un mero despachante de vinos, hace que valores más, no sólo la actitud de Manolo sino esta iniciativa de menú poético de los actuales propietarios. Cambiad, por favor, los menús todos los días. La poesía no deja de ser una gastronomía necesaria e interminable. No menos importante que la que dura una digestión de pocas horas.

Nota. Clicquea sobre la primera foto para leer el poema.

viernes, 18 de diciembre de 2009

La tristeza del solar


Un trozo de pastel, tal parece, así, tajado de arriba a abajo, dejando el berrete de los edificios anexos. Y pastel será cuando se haga el edificio nuevo y la constructora se lleve su exquisita pasta gansa por adjudicar cada piso a seis mil euros por metro cuadrado. Que es lo que se pide por cualquier superficie de vivienda en el centro de la ciudad. Como poco. Este solar está en la confluencia de la calle Conde Ansúrez con la Plaza del Val, pero solares semejantes, a la espera de que se remonten los efectos de la desmesura cometida en la construcción, se observan en otras calles. Se ve que el dinero llegó para comprar la finca, pero de momento el parón inmobiliario exige esperar. Las financiaciones no pasan por su mejor momento de pareja con la banca.


Siempre me han transmitido tristeza los solares que permanecen huérfanos durante meses o incluso años. Cuando ya no fealdad. Es como si no cumplieran ninguna función. Derribar lo anterior, que estaría viejo o interesaba que lo pareciera, vaya usted a saber, para avanzar un peón más en las jugadas del tablero de los promotores. Un solar es como si el espacio se hubiera quedado sin alma. Y las medianerías de las casas colindantes, junto con sus patios de vecindad, quedan tan poco pudorosas...No quiero decir con eso que automáticamente hubiera que edificar sobre lo derribado. Valladolid es una urbe en la que se construye demasiado, sistemáticamente. A casa derribada, casa levantada, se podría decir, parodiando la máxima. Una ciudad la nuestra donde parece haber un horror desmesurado al vacío. No entendí nunca qué daño puede hacer el vacío. Hay zonas donde se podrían lograr más perspectiva, simplemente con que varios solares fueran urbanizados para uso de tránsito peatonal o ajardinado. Pero la fiebre por levantar in situ no perdona, y menos en el centro.

Solares así no son la mejor imagen para invitar a asomarse a Valladolid, como dice el lema turístico, pero todos somos comprensivos, incluso los denodados visitantes. Ah, ni que decir tiene que soy un ardiente partidario de mantener las paredes que hacen de vallados como zonas para el cartel. La de la foto está a tope. Nunca hay mal que...

jueves, 17 de diciembre de 2009

Una calle fuera del tiempo

Fue de una de las primeras calles que me llamaron la atención en mis años jóvenes. Cuando esa zona y su entorno hasta la Trinidad y San Nicolás, se mecía en una incuria considerable. Cuando nos metíamos a explorar en las ruinas de San Agustín, esa iglesia con una fábrica fenomenal y una fachada impresionante, abierta en canal al cielo y a sus elementos. Cuando las luces de las farolas de ese barrio eran tibias, si no tenebrosas. Luces que, por otra parte, siempre otorgaban un halo de misterio y atemporalidad fascinantes.

Fue también uno de mis primeros objetivos fotográficos en color. Por algún cajón debo tener todavía aquellas fotos en color pálido que reproducían mi humilde Werlisa, a la que debo al menos un aprendizaje de parvulario. Porque las primeras fotos que saqué ni siquiera eran familiares. Fueron sobre las ruinas de la Plaza de la Universidad, que decíamos entonces. Luego ya nos fuimos enterando de que esas ruinas, así, en el sentido más ruinoso y abandonado que uno se pueda imaginar, se llamaban Colegiata de Santa María la Mayor, cuando un talud de toneladas de tierra impresionante apenas dejaba entrever algunos ventanales ojivales. Pero ése es otro recuerdo.

La calle de Santo Domingo de Guzmán siempre me sedujo por su simplicidad. No de líneas, ya que es angular donde las haya en tan poco espacio y recorrido. Sino porque sus muros no contemplan más que la opacidad típica de los monasterios y conventos de hace siglos. En efecto, era una calle parada en el tiempo. Viendo aquella calle uno imaginaba todas las calles de todas las ciudades de España en los siglos pasados. Incluso ayudaba a poner imagen en las lecturas de textos del siglo de Oro, por ejemplo.

Hablo de mis imágenes y recuerdo en pasado porque ahora no la he visto tan identificativa. La construcción de algunos edificios nuevos, un poco metidos para no desentonar con el trazado de la calle, propicia salida de coches de garajes y mayor número de vecinos que la transitan. Cuando yo empecé a conocer esta calle era como una fotografía parada. Sus muros encalados en blanco, descascarillados y roídos, transmitían una imagen fuera del tiempo que vivíamos. No pasaban ni los perros por ella. Daba la impresión de que la gente evitaba su paso.
Desconocía que habían pintado recientemente los muros conventuales. Una mezcla asombrosa de ocres, marrones, amarillos arcillosos...matices cuyos nombres se me escapan. Lo mejor, pasar a verlos. No tiene nada que ver con los colores uniformes de antaño. Ignoro si estos de ahora son ocurrencia de técnicos o recuperan colores ya puestos en su tiempo. Al que haya conocido esta calle hace años le va a chocar. Eso sí, no hay manera de que se cuiden los detalles, por mucha necesidad pragmática que haya de ellos. La señal de circulación, los contenedores de basura.


Agapito y Revilla, ese cronista vallisoletano a caballo entre dos siglos, cita que esta calle se llamaba antes de Santa Catalina. No olvidemos que en ella se ubican dos conventos, el de Santa Isabel, lindando con la zona de San Agustín y Patio Herreriano. Y Santa Catalina, más en el meollo de la calle. Pues bien, el cronista local cuenta que cierta corporación municipal ordenó cambiar su nombre ya que hacía muy mal efecto que esa calle llevara un nombre de santa cuando en ella había algunas casas de mujeres que ejercían la prostitución. Al fin y al cabo, cambiaron el nombre por un santo de la misma orden, la de los Dominicos. No sé si es que el efecto de que éste fuera varón era más admisible para las mentes siempre obsesionadas por el sexo de algunos bienpensantes de la época.




Por cierto, las pintas blanquecinas que se observan en varias fotos son el efecto de los copos de nieve que empezaron a caer esa mañana. No quise interrumpir la sesión fotográfica, y la tímida nieve tenía derecho a posar interfiriendo la imagen, cual corresponde a la vida ordinaria. O dicho de otra manera, que no veo por qué la imagen real tendría que ser perturbada en este caso por el photoshop.