diario de un vallisoletano curioso
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miércoles, 30 de mayo de 2012

Plaza de los urinarios



Viva la estética municipal. Urinarios en la Plaza de la Rinconada (¿cambiará su nombre a raíz de esta última ocurrencia?) pegados al conjunto escultórico de los Colosos. El que sean provisionales esas casetas (supongo) no justifica la chapucería. ¿No había un sitio más adecuado? Qué mal acostumbrados están a hacer de su capa un sayo. 




domingo, 1 de abril de 2012

Vicente Escudero, metal y brillo



En un rinconcito del Centro Cívico Vicente Escudero, en la calle Santa Lucía, me topé con el bailaor. Tiene otra estatua dedicada por el Campo Grande, más clásica tanto en pose como en material. La de Santa Lucía la encontré rompedora. El tamaño, la genial ocurrencia de taladrar rostro, manos y pies, con lo que se logra mayor proyección del volumen, y el acero de efecto reflectante dota a la obra de una originialidad que rompe lo común y antiguo que abunda por la ciudad. Te apetece mirarla desde adelante y desde atrás, distanciarte y arrimarte a ella. No obstante su considerable tamaño resulta atractiva y acogedora. Y el efecto de baile resalta, generando una dinámica espectacular. ¿Todo perfecto? No, en mi modesta opinión. Sigo pensando que no se sabe ubicar bien las esculturas modernas en la ciudad. Mi opinión es que ésta de Vicente Escudero está pidiendo a gritos tener más amplitud y vacío en su entorno, y no es por desmerecer el rincón del Centro Cívico, pero la calle Santa Lucía es una calle de tránsito sin más, y se la condena a pasar un tanto desapercibida. Leo que sus autores, porque la hicieron entre tres, son Ostern, Javier Bustelo y Juan Villa.

Para quien desee saber más sobre el tema, le remito a la siguiente información:





viernes, 2 de marzo de 2012

Cuando a Odiseo no le importó Ítaca


¿Recordáis la escultura fascinante de Oteiza en el jardín junto a San Agustín, devenido ahora en Archivo Municipal? Está enfrente de Las Moreras y me regodeé abundantemente en Píllala en su día, fotografiando por doquier sus formas de piedra recreada, donde predominan las aristas hurtadas a la redondez, generando concavidades y convexidades que se me antojan formas de las foces geológicas navarras.

Ahora descubro  -torpeza la mía por entrar y salir siempre a la carrera a alguna charla o exposición-  esta escultura también de Oteiza, en hierro forjado, dedicada a Santiago Montes. Ubicada en el jardín que da acceso a la Fundación Segundo y Santiago Montes, que retrato en la entrada anterior. Me dicen que la escultura se llama Odiseo. Los artistas que cultivan la abstracción proyectan tanto sus sueños como la interpretación del mundo en sus obras. Y eso exige al espectador. Un expectador lineal nunca verá lo mismo que el artífice.

Pero ¿por qué no seguir las instrucciones que sugiere un nombre así? ¿Qué es Odiseo, qué es esta escultura? No es solo el hombre ni la aventura ni el destino improbable de Ítaca. Es el horizonte, los espacios, la abertura siempre proyectándose. Las puertas y ventanas derribadas que no pueden limitar el campo de exploración humano. Y en definitiva es el aire  -¿Eolo?-  que se mueve a través y que ni las sirenas ni los cíclopes ni Polifemo ni los los listrígones  -encarnados en la dureza del metal-  pueden detener. Porque Odiseo es el empuje, la búsqueda, el movimiento de la materia, no importa la forma que ésta adquiera.








lunes, 6 de febrero de 2012

Adiós a Pedro Monje


El coloso de los colosos cedió el sábado. Pedro Monje había resistido demasiado. Esta vez ese carnero de lo inevitable lo derribó. Nunca como en estos momentos el conjunto escultórico que realizó para la Plaza de la Rinconada adquiere su significado esencial. Aún le recuerdo en viva cháchara el día de la inauguración de la obra. Para mi gusto una de las más trabajadas, simbólicas y cargadas de fuerza expresiva de las que tenemos en la ciudad. Salud y memoria siempre, Pedro. 






sábado, 10 de septiembre de 2011

Un museo de la experiencia al aire libre


Uno entiende muy poco de máquinas de taller. Y menos de las antiguas. Ni de fresadoras, ni de tornos, ni de prensas, ni de desbastadoras, ni de taladradoras, ni de perfiladoras. Etcétera. Uno ve los nombres por un lado y las máquinas por otro. Pero hay mucha gente de la ciudad que enseguida le pondría el rótulo perfecto a cada elemento. Viejos aprendices de RENFE o de FASA, mecánicos de la multitud de talleres que ha habido, exalumnos de Formación Profesional...Pero me alegro por lo menos de que algunas de esas máquinas obsoletas no hayan acabado en la chatarra. Y que estén ahí, en el jardín de la Escuela de Ingenieros Técnicos, posando su jubilación merecida como si se tratara de museo. Que lo es. Que son estatuas ahora, pero que fueron instrumento vivo en manos de expertos. Muestra de la técnica y de la experiencia.La idea de salvarlas y mantenerlas, con esa pátina verdosa, y a la intemperie fue extraordinaria. El buen acero puede con el clima vallisoletano sobradamente y más si se las da de vez en cuando una mano de pintura antióxido. En la Huerta del Rey, pilla casi enfrente de las pomposas Cortes de la Comunidad.














lunes, 25 de abril de 2011

Los niños anómalos




No me voy de esta iglesia de San Andrés, de donde queda pendiente asistir a un concierto, sin antes colgar una cosa extraña. En uno de los altares laterales hay cuatro figuras de niños de lo más peculiar. Dos de ellos son blancos totales. Los otros dos tiene el cuerpo blanco y las cabezas negras. ¿Qué representación hay tras estos seres anómalos? Indagaré. Pero si algún lector tiene idea del simbolismo oculto, ruego lo comente. Tal vez fue simplemente una caprichada de los artistas que labraron el retablo. Tal vez una venganza porque no recibieron las percepciones económicas estipuladas. Y es que a uno le gusta ver la intrahistoria, más revoltosa siempre que los simbolismos antiguos. Pero, ¿a que resulta chocante?












domingo, 17 de abril de 2011

La macla de Oteiza




Tan céntrica y tan desconocida. Ya he comentado en diversas ocasiones la poca fortuna al colocar estatuas en la vía pública. Pero esta vez no es por no estar bien ubicada, sino porque la ciudadanía no frecuenta el lugar. Cuando se remodeló San Agustín para sede del Archivo Municipal también se hicieron diversas intervenciones en su entorno, bien en su lateral recolocando trozos de un claustro, bien en su ábside, situando un pequeño jardín y unas lápidas de tumbas. En una zona intermedia casi dando al Paseo de Isabel la Católica va una de las obras del complejo escultor abstracto vasco Jorge Oteiza, lo cual me parece un lujo.





La composición, a la que el artista llamó macla, merece que se la visualice desde el exterior de todo su perímetro. Girando en torno a ella, tal como he sacado las fotografías. Me temo que el lugar nada transitado (nunca he visto gente entrando en ese espacio, se limita a pasar por la acera de la calle que baja al Paseo) la hace una escultura absolutamente ignorada. Independientemente de que a mucha gente lo abstracto no le diga nada, pero ése es otro tema. No obstante, valoro el lugar, la escultura encaja allí. Lo que pasa desapercibido para el disfrute del paseante son los detalles exteriores del conjunto. Pero ahí está.





lunes, 10 de enero de 2011

Simplemente la belleza (Alonso Berruguete)


Que el arte, al menos en Occidente, se ha impuesto a los mitos, leyendas y tradiciones de cualquier religión o credo no me cabe duda. Entiendo por imponerse la manera diferente y transversal, independiente y creativa, de interpretar aquellos. Poner rostro a los mitos es una audacia que los dogmas de las religiones no hubieran podido hacer por sí mismos. Es el arte el verdadero exégeta en cualquier cultura del mundo. Incluso cabría preguntarse si el arte ha avanzado porque han evolucionado las culturas o si más bien éstas han cambiado porque el arte las ha empujado. Probablemente se haya producido una relación de causa a efecto que ha dado de sí hasta lo imposible en el sistema de representación estético y expresivo, para admiración de las generaciones.


Tenía yo ganas de traer a colación aquí el sorprendente retablo de la Adoración de los Reyes, ubicado en la iglesia de Santiago. No creo que haya muchos vallisoletanos que lo conozcan, pero es digno de ser valorado. En él, Alonso Berruguete ya pone lo mejor de su aprendizaje en Italia, donde dicen que trabajó en el ámbito de los talleres de Miguel Ángel. Esta obra la descubrí hace unos años cuando la parte central del retablo, desmontada en sus tres piezas, fue expuesta en la catedral de Palencia con motivo de una de esas exposiciones de la llamada Edades del Hombre que la Iglesia pone en funcionamiento con fines catequísticos y publicitarios, aprovechando el tirón turístico.


Fue entonces cuando me impactó, en la proximidad de las obras, advertir aquel manierismo exultante de cada conjunto. Porque esta obra es un conjunto de conjuntos, donde lo que habla no es sólo la escena, ya extraordinariamente conocida en la cultura cristiana, sino cada personaje. Berruguete es la modernidad en escultura. Renacentista con ecos italianizantes en territorio de la áspera Castilla de la primera mitad del siglo XVI, su escultura es rompedora. No hay más que ver las principales obras exentas del Museo de San Gregorio, donde se puede ver la capacidad interpretativa del cuerpo humano que poseía el artista, donde los rostros son el culmen de la mística que irradia el resto del cuerpo. Sin embargo, en el retablo de los Reyes gozamos más en el trabajo de los rostros, dado que los cuerpos de todos los personajes están cubiertos por el vestido. Pero gozamos además con la disposición difícil y exitosa de las figuras. Uno, que es un mero aficionado a mirar la belleza del arte, sólo incita a no dejar pasar la mirada de vez en cuando por este retablo, porque las facetas del placer son infinitas.


miércoles, 15 de diciembre de 2010

Por su mala cabeza


No deja de ser sorprendente. Pierde la cabeza el santo y en su lugar una concha marina se convierte en la nueva testa. La Asociación Familiar Rondilla recuperó hace no muchos años este arco, que era la entrada a la antigua y seguramente amplia y fecunda huerta del convento de San Pablo. Creo que se llamó la Puerta de los Carros. Ese rescate acompañó a la creación de un pequeño parque junto a la primera fila de casas del barrio, haciendo más agradable el acceso. Y descongestionando y embelleciendo el entorno. Por la otra parte, mirando hacia San Pablo, queda la trasera del Instituto Zorrilla y lo que ha sido la Residencia hospitalaria hasta hace poco. Ese vial, que separa la arquitectura institucional de los primeros edificios de la Rondilla, ha sido siempre bastante agresivo. Amplio y de doble sentido es como una frontera entre el centro y el barrio, cuando apenas son unos metros los que hay en juego. Por eso fue un acierto recuperar elementos arquitectónicos como la Puerta o escultóricos como el león de piedra, y añadir una zona verde para tomar la calle por parte del vecindario sin los riesgos de la circulación. No es ésta la estación del año más propicia para contemplar el jardín, pero creo que, como gran parte de las iniciativas surgidas de la asociación de vecinos, tiene su mérito y su valor.


viernes, 3 de diciembre de 2010

La jabalí del Pasaje Gutiérrez


Los monumentos están repletos de detalles. El turista accidental puede quedarse con una visión superficial de la ciudad, de sus edificios y de sus calles. El viajero vuelve una y otra vez a los espacios que recorre y los escruta. Pero esto mismo podría aplicarse al ciudadano común. Al paisano que andará una y otra vez de aquí para allá. Hay un tipo de conciudadano que se pasará toda la vida pateando sin advertir los detalles. O si por un instante fugaz se fija no le da en pensar y menos indagar en ellos. Y existe otro tipo de vecino más curioso y receptivo que se dejará sorprender y, si puede, tratará incluso de indagar sobre el significado de las cosas.


No es fácil. Yo mismo acabo de descubrir una imagen que la he tenido siempre ante las narices, o mejor dicho ante las pantorrillas. He jugado al escondite en el Pasaje Gutiérrez, he jugado al futbolín y al billar en el amplio salón que había donde está ahora el Pigiama, me he reunido con gente en alguno de los pisos para aquellas lejanas actividades de juventud, he escogido a propósito miles de veces este corredor para acortar o, mejor aún, para disfrutar de él. Lo he visto deteriorado, desconchado, abandonado, prácticamente sin habitar sus locales comerciales, pintado una y otra vez, más o menos recuperado una y otra vez, y he visto pasar un desfile de comercios y bares con mejor o peor suerte en los últimos años.


En resumen, el Pasaje está repleto de alegorías, símbolos y tiene en sí el empaque en pequeño de las grandes galerías milanesas o parisienses o moscovitas que se desarrollaron a finales del siglo XIX. Es un lujo para la ciudad y para los ciudadanos que no sé hasta qué punto saben y quieren valorarlo. Y hete aquí que fijándome en las hojas de las puertas de rejería que abre y clausura el pasaje descubro en la parte baja opaca y de un gris oscurecido un relieve fascinante. Indudablemente se trata de un jabalí hembra amamantando a sus jabatos. Al menos esto me parece, ya que el color y la disposición de la imagen no propicia una buena visión.


¿Qué representa? Ahí es donde mi descubrimiento se queda sin satisfacer. ¿Por qué los autores de las puertas eligieron un tema tan aparentemente extraño en una urbe como la nuestra y en un siglo que se pretendía ya de una cierta modernidad? ¿Es una representación que hunde sus raíces en la iconografía del románico? ¿O se trata de alguna alegoría sobre la actividad emprendedora con la que la frustrada burguesía vallisoletana trataba de ensalzar su misión de desarrollo industrial y en general económico de la ciudad? De cualquier manera, la belleza del icono es de pararse, agacharse y mirar. Los detalles nunca son en vano y sirven también para que nos recreemos.