diario de un vallisoletano curioso
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sábado, 10 de marzo de 2012

De la Trinidad quedan tres


No sé qué tiene la Plaza de la Trinidad que me suscita reacciones encontradas. Por una parte no es nada recoleta y te pierdes en ella. Por otra, te parece apartada y cómoda. Su amplitud te resulta algo desangelada, pero a partir de la primavera el panorama cambia con la eclosión de los árboles. Tal vez ese espacio rectangular, que en Valladolid abunda, esté motivado por los edificios suntuosos que se levantaron en el pasado.

Hoy, todo el mundo la nombra por la plaza de la Biblioteca, ya que en el antiguo Palacio de los Condes de Benavente, que también fue hospicio hasta bien entrado el siglo XX, está ubicada la biblioteca de la Junta. Eso permite un trajín interesante de estudiantes y jubilados principalmente, que da vida al entorno de San Nicolás, barrio que queda al lado con su estructura familiar de antiguo barrio judío.

Es notable y digno de considerar que en esta Plaza de la Trinidad solo uno de los lados sea moderno, justo el que queda del lado de la calle San Quirce. Por eso digo que de la Trinidad quedan tres. Así que en comparación con la demás superficie pasa prácticamente desapercibido, no obstante su canalización de tráfico habitual. El resto de los lados, además de la Biblioteca, lo ocupan el convento de San Quirce, con sus adustos muros, y la iglesia barroca de San Nicolás. En la perspectiva actual es agradecido el espacio interior libre que se genera. Un desafío y una consolidación casi total frente a tanto vandalismo urbanístico de las décadas pasadas. La columna-farola que estuvo en su día en Fuente Dorada da buena fe de ello.  






lunes, 25 de abril de 2011

Los niños anómalos




No me voy de esta iglesia de San Andrés, de donde queda pendiente asistir a un concierto, sin antes colgar una cosa extraña. En uno de los altares laterales hay cuatro figuras de niños de lo más peculiar. Dos de ellos son blancos totales. Los otros dos tiene el cuerpo blanco y las cabezas negras. ¿Qué representación hay tras estos seres anómalos? Indagaré. Pero si algún lector tiene idea del simbolismo oculto, ruego lo comente. Tal vez fue simplemente una caprichada de los artistas que labraron el retablo. Tal vez una venganza porque no recibieron las percepciones económicas estipuladas. Y es que a uno le gusta ver la intrahistoria, más revoltosa siempre que los simbolismos antiguos. Pero, ¿a que resulta chocante?












lunes, 10 de enero de 2011

Simplemente la belleza (Alonso Berruguete)


Que el arte, al menos en Occidente, se ha impuesto a los mitos, leyendas y tradiciones de cualquier religión o credo no me cabe duda. Entiendo por imponerse la manera diferente y transversal, independiente y creativa, de interpretar aquellos. Poner rostro a los mitos es una audacia que los dogmas de las religiones no hubieran podido hacer por sí mismos. Es el arte el verdadero exégeta en cualquier cultura del mundo. Incluso cabría preguntarse si el arte ha avanzado porque han evolucionado las culturas o si más bien éstas han cambiado porque el arte las ha empujado. Probablemente se haya producido una relación de causa a efecto que ha dado de sí hasta lo imposible en el sistema de representación estético y expresivo, para admiración de las generaciones.


Tenía yo ganas de traer a colación aquí el sorprendente retablo de la Adoración de los Reyes, ubicado en la iglesia de Santiago. No creo que haya muchos vallisoletanos que lo conozcan, pero es digno de ser valorado. En él, Alonso Berruguete ya pone lo mejor de su aprendizaje en Italia, donde dicen que trabajó en el ámbito de los talleres de Miguel Ángel. Esta obra la descubrí hace unos años cuando la parte central del retablo, desmontada en sus tres piezas, fue expuesta en la catedral de Palencia con motivo de una de esas exposiciones de la llamada Edades del Hombre que la Iglesia pone en funcionamiento con fines catequísticos y publicitarios, aprovechando el tirón turístico.


Fue entonces cuando me impactó, en la proximidad de las obras, advertir aquel manierismo exultante de cada conjunto. Porque esta obra es un conjunto de conjuntos, donde lo que habla no es sólo la escena, ya extraordinariamente conocida en la cultura cristiana, sino cada personaje. Berruguete es la modernidad en escultura. Renacentista con ecos italianizantes en territorio de la áspera Castilla de la primera mitad del siglo XVI, su escultura es rompedora. No hay más que ver las principales obras exentas del Museo de San Gregorio, donde se puede ver la capacidad interpretativa del cuerpo humano que poseía el artista, donde los rostros son el culmen de la mística que irradia el resto del cuerpo. Sin embargo, en el retablo de los Reyes gozamos más en el trabajo de los rostros, dado que los cuerpos de todos los personajes están cubiertos por el vestido. Pero gozamos además con la disposición difícil y exitosa de las figuras. Uno, que es un mero aficionado a mirar la belleza del arte, sólo incita a no dejar pasar la mirada de vez en cuando por este retablo, porque las facetas del placer son infinitas.


martes, 29 de junio de 2010

El cielo protector

Tal vez sea la iglesia con más pinta de fortaleza. En unos tiempos consolidados en que ya no era necesario que tuviera carácter defensivo real, sí seguía precisando que lo mantuviera en su aspecto simbólico. La institución milenaria que levantó este tipo de obras y representaciones de poder, que no de mero culto, con ayuda de reyes, nobles y señores, seguía exhibiendo aires de potencia y no sólo espiritual. ¿O habría alguna otra influencia esotérica? No olvidemos que bajo esta fábrica donde se suceden estilos de distintas épocas y modas, estuvo instalado el primer alcázar de la ciudad, allá por la Baja Edad Media. El azar o los usos arquitectónicos, más los aires de la Contrarreforma acendrada, propiciaron tamaña pero sorprendente desmesura.

Del inmenso y antiguamente rico conjunto de San Benito -iglesia, hospedería, convento, claustros- hoy me pegaba sobrecogerme bajo el peso oneroso de este enorme pórtico con dos cuerpos y grandes pilares octogonales que recuerdan la entrada a un castillo. Poniéndose uno ahí abajo se percibe más el aura de la omnipotencia. Y el carácter transfigurador que proyecta y otorga la arquitectura a los símbolos, a los ritos y a la clerecía que hace forma de vida de ellos. No me cabe duda de que la cúpula de esta arcada cumple, como es de rigor en el simbolismo cristiano, con la imagen del cielo protector. Cielo protector que dejó de ser consecuente hasta finales del siglo XIX a causa de la Desamortización de Mendizábal.