No sé qué tiene la Plaza de la Trinidad que me suscita reacciones encontradas. Por una parte no es nada recoleta y te pierdes en ella. Por otra, te parece apartada y cómoda. Su amplitud te resulta algo desangelada, pero a partir de la primavera el panorama cambia con la eclosión de los árboles. Tal vez ese espacio rectangular, que en Valladolid abunda, esté motivado por los edificios suntuosos que se levantaron en el pasado.
Hoy, todo el mundo la nombra por la plaza de la Biblioteca, ya que en el antiguo Palacio de los Condes de Benavente, que también fue hospicio hasta bien entrado el siglo XX, está ubicada la biblioteca de la Junta. Eso permite un trajín interesante de estudiantes y jubilados principalmente, que da vida al entorno de San Nicolás, barrio que queda al lado con su estructura familiar de antiguo barrio judío.
Es notable y digno de considerar que en esta Plaza de la Trinidad solo uno de los lados sea moderno, justo el que queda del lado de la calle San Quirce. Por eso digo que de la Trinidad quedan tres. Así que en comparación con la demás superficie pasa prácticamente desapercibido, no obstante su canalización de tráfico habitual. El resto de los lados, además de la Biblioteca, lo ocupan el convento de San Quirce, con sus adustos muros, y la iglesia barroca de San Nicolás. En la perspectiva actual es agradecido el espacio interior libre que se genera. Un desafío y una consolidación casi total frente a tanto vandalismo urbanístico de las décadas pasadas. La columna-farola que estuvo en su día en Fuente Dorada da buena fe de ello.





