diario de un vallisoletano curioso

domingo, 20 de junio de 2010

...en un alto en el camino


Una viajera de la luz, de las formas con que la luz descompone los cuerpos y los objetos. Una viajera del tiempo de las representaciones. Una viajera de las visiones que cundían por el continente, de las que gustaba impregnarse. Difícil imaginarla en un alto en el camino de su actividad.

Tal vez una viajera...


Y tras una mano y unos útiles, hay una pintora. Tal vez esencialmente una viajera que, pertrechada de una mirada incisiva sobre el paisaje y las figuras que crecen en él, busca el motivo, la sustancia con que se expresa. En definitiva, la visión.

Manos relajadas


También pasan manos como ésta, relajadas y horizontales. Manos que han abandonado el oficio por un rato y tal vez indican un destino. Manos que quieren ser manos por sí mismas. Sin el cuaderno de apuntes y los lápices. Dedos que acaso quieren dibujar caricias, aunque éstas no queden en ningún papel ni en ningún lienzo.

sábado, 19 de junio de 2010

Manos hábiles


A veces hay manos como éstas que pasan por Valladolid. Gestos como ése que lejos de relajarse, parecen disponer un ejercicio a punto. Herramientas que adquieren vida más allá del objeto.

jueves, 17 de junio de 2010

Intertextualidad

¿Qué tiene que ver un texto con otro? En principio, nada. O sí, su proximidad, apenas unos escasos metros uno del otro. En la misma acera de la calle Recondo, aunque en tapias diferentes. La de abajo es una placa de obligado cumplimiento porque hay un transformador eléctrico y, ya se sabe, por si alguien anda tentado de forzar la puerta. Igual es sólo para espantar, pero el que avisa no es traidor. La traidora puede ser la descarga.

La pintada de arriba es la última que se añade al muro, donde se deben estar formando estratos sucesivos para que reconstruyan en el futuro nuestra época arqueólogos, epigrafistas, historiadores del tiempo contemporáneo y creativos publicitarios. Es decir, una pared con clase textual y gráfica. Han pasado algunos murales y unas cuantas pintadas sobre su cándido encalado. También la presteza que muestran en ocasiones las autoridades en correr a borrar la expresión que afea y que es una gamberrada, que dirían ellas, es digna de hacerse constar. ¿Afean pintadas de esta guisa o afea la situación generada por la avaricia de ciertos entes planetarios? ¿Dónde se encuentran realmente los gamberros?

Esperemos que un texto no lleve al otro. Que sea una intertextualidad pasajera. ¿Y si no lo es?

martes, 15 de junio de 2010

Callejones y calles sin salida

Callejones y calles sin salida. Dos hijos de distinto padre. Aquellos, paridos intencionalmente. Las otras, procreadas sin demasiadas expectativas y abortadas en su crecimiento. Aunque el significado resulte común -el hecho de que no tienen salida- y el elemento físico sea análogo -una pared, un límite- la forma que adquiere ese parapeto es diferente. En el callejón puede estar pensado como salida airosa: paredes con balcones o ventanas, fondos decorativos, ladrillo cara vista. Las calles sin salida se tajan violentamente: acaba de pronto el asfalto, se cortan los bordillos, se topan con un muro ordinario grafiteado o con hierbas salvajes.

Se parecen, pero no son lo mismo. La gente acaso no aprecia mucho los callejones -algunos son meaderos públicos- pero ignora infinitamente las calles cortadas. La sorpresa es que éstas algún día se verán alumbradas como calles abiertas y generosas. Mientras, el urbanismo limitado y sus planes cortocircuitados las hacen nonatas. (Las fotos reflejan el callejón de la calle Duque de la Victoria, la calle Júpiter, una por el antiguo Camino de la Esperanza/ supuesta próxima Ciudad de la Comunicación, el callejón de la Alegría por Menéndez Pelayo y junto al Arco Ladrillo)

lunes, 14 de junio de 2010

Cuando la luna se sube por las paredes

Ya he manifestado en otras ocasiones mi predilección por los murales artísticos. No sólo los que van por libre expresión. Sino aquellos que responden a un mensaje comercial. El otro día, al pasar por Domingo Martínez, me topé con esta pared lateral. Casi la ilustración me invita a pasar al bar, pero temía que el contraste fuera poco idílico y me limité a recrearme en los colores tenues y bastante uniformes, pero bien conjugados, de este par de astros. La verdad es que tienen algo de enamoradizas esas dos caras del llamado satélite. La de la cara oculta adquiere su belleza precisamente en su perfil diezmado. La cara rechoncha la consideramos hermosa por su extrema luminosidad cuando se encuentra en estado plenilunio. Y esos labios flotantes hacen de vínculo, como efluvios de las fases que la Luna recorre. Murales como éste merman el aspecto gris de las calles. Bienvenidos, y que cundan.


sábado, 12 de junio de 2010

Un cuentacuentos en tránsito

Paso por Rayuela cuando el espectáculo ha terminado y los chavales han puesto pies en polvorosa. Los actuantes van de recogida. La sesión de Cuentacuentos de hoy ha sido especial. La ha llevado un grupo foráneo de Madrid que se ha dejado caer por el sábado de la librería. Me parecía que con Charo de por medio debía dejar constancia del evento. Ahí van unas fotos de prácticamente todo el elenco de Cancionescuento, que es el nombre de esta troupe emprendedora y animada. Para quien tenga interés en conocer más su trabajo dejo su dirección: http://www.cancionescuento.com/.


viernes, 11 de junio de 2010

¿Nuevos diseños espontáneos?

Descartado que sean pruebas que hace la empresa de pintura encargada por el Ayuntamiento -demasiada vanguardia de colores para los que repiten el monótono marrón de nuestros bancos- ¿caben otras posibilidades? No, no me hablen de gamberrada. Hay demasiada decisión cromática y cierta armonía para ser mano de simples grafiteros. ¿Entonces? Demasiado bien colocadas las bandas de verde, de rojo o de blanco sobre los listones como para pretender que son efecto de botes de pintura que han caído de algún piso. ¿Es la pintura que había debajo que vuelve a salir? No parecen bancos reciclados. ¿Se trata de una premonición? Alguien anda tal vez haciendo ensayos para iluminar los asientos callejeros con ánimo de trasladarnos más alegría. Y por más que miro estos bancos, tal cual están ellos, mira que no me molestan en absoluto. Tal vez el mobiliario urbano de Valladolid está necesitado de una mano de novedades y heterodoxias. La estética no tiene por qué estar reñida con el uso.


jueves, 10 de junio de 2010

Un paraíso que ya no lo es tanto

Cuando estaba en alza el material, que aparecía como revolucionario y salvador debido al coste y al uso, se conoció el establecimiento como El Paraíso del Plástico. El plástico está vinculado al desarrollismo español. Tenía un aura de modernidad que nos conectaba con Europa ante de que fuéramos un poquito Europa. Incluso ya en la década de los cincuenta del siglo veinte hizo sus primeros asomos, si bien su acogida era lenta. A la gente le gustaba aún beber en vidrio y comer en la loza o en la cerámica de siempre, aunque también se iba instalando el duralex. Amaba las sillas tradicionales, los juguetes de hojalata y de madera y los manteles de punto o la mesa a pelo. Aún la cantimplora de plástico tenía que competir con el botijo, y yo siempre he lamentado el desplazamiento de éste. O es manía mía o el agua no sabía igual.

Pero el plástico se impuso. Fue uno de los comercios más concurridos, en una de las calles más transitadas, Teresa Gil. En estas fechas, los juguetes veraniegos desplazaban a los de siempre y los primeros domingueros hacían su acopio de mesas y sillas de plegar muy en línea de las películas de José Luis López Vázquez y otros iconos de nuestras costumbres.

La vejez tiene algo de territorio sedimentado y con escaso pudor al que no le importa revelar su pasado. Y tras aquel nombre rimbombante resulta que había uno anterior. Uno que se muestra ahora semiborroso, aunque con unas letras no superadas por las tipografías del rótulo luminoso que se lleva en otros lares. Hoy se ve la fachada achacosa, y acaso el comercio esté en las últimas. O acaso sólamente en tránsito. El burka verde que cubre la fachada anuncia una rehabilitación del edificio, más que un derribo en toda regla. Pero nunca se sabe. La gente perdona el aspecto desmejorado, pero sea lo que sea hoy día, en cruel competencia con los chinos y demás todo a cien, siempre será el Paraíso del Plástico. Aunque el realista que pasa a mi lado me comenta: ya, pero más bien el Paraíso Perdido. Uno se deja llevar por recuerdos y nostalgias y, aunque cada vez es menos partidario de estos productos derivados de los hidrocarburos y otras entrañas químicas que lo contaminan todo, mira el interior de la tienda por ver si queda algo de aquel género que sus mayores solían comprar.



martes, 8 de junio de 2010

¿Alfons Mucha en Valladolid?

Descubrámonos. Una sorpresa. Como contrapartida al ejemplo del mal estado de la calle dudosamente peatonal que se refleja en el post anterior, traigamos aquí una maravilla del buen gusto. Una de esas bellezas ocultas en forma de portales. No veamos las deficiencias, el estado algo desgastado del portal o la iluminación. No me pidan datos sobre el arquitecto o el decorador de su tiempo. El zaguán habla por sí solo. Ese zócalo enorme y continuo traza un mundo de aves en juego y de ramajes que beben del modernismo catalán o del art déco europeo de las primeras décadas del siglo XX. Y soñando y asociando ideas, ¿no se ve una proyección del gran artista checo Alfons Mucha en esas enredaderas que da gloria mirarlas? Ya sé que me paso, pero ¿por qué no conectar las creaciones locales con las modas del continente?

Lo dicho otras veces. Que Valladolid preserva una parte secreta, a la que no se concede la suficiente importancia, apenas conocida por sus paisanos. Y que antes o después reclamará un interés y cuidado por parte de las instituciones. No vaya a ser que un día algún vecino poco sensible y con escasa estima por estas obras de arte le dé por poner nuevo el portal con un borrón y cuenta nueva. Espero que no. Disfrútenlo. Ah, la casa se encuentra en la calle López Gómez, esquina con Fray Luis de León. La puerta suele estar abierta en horas de academias y despachos.


lunes, 7 de junio de 2010

Esto se llama calle peatonal

Lo que ven es el suelo de una calle peatonal del centro de Valladolid. Como su propio nombre indica es una calle para los peatones. Peatón, según la RAE, es la persona que va a pie por una vía pública. El pavimento de esa calle, la del Santuario, para más señas, aunque hay otros ejemplos, se muestra semihundido y las losetas levantadas. Un extraterrestre que llegara con ciertos conocimientos de gramática española pero sin apenas saber de los habitantes de una ciudad como la nuestra pensaría que los peatones son muy pesados. Extraordinariamente onerosos. Que son seres monstruosos de doscientos o trescientos quilos cada uno y que caminan dando unas pisadas contundentes y graves. O bien que en lugar de salir por las puertas de los edificios saltan desde las ventanas. O que dan coces con sus pies en forma de garras. Yo, que creía conocer algo de mi ciudad, empiezo a tener una sensación onírica semejante a la de un extraterrestre que llegara a Valladolid. No consigo saber por qué se llaman peatonales a las calles peatonales. ¿Será que el Ayuntamiento tiene un Diccionario de la RAE para uso particular y aleatorio?


viernes, 4 de junio de 2010

Secuencias para completar la escultura


Me encanta la inocencia iconoclasta de los niños. Ese tomar el pulso a las esculturas de calle. Darlas otro valor. O tal vez, como en este caso, desarrollar su valor. La bicicleta de la plaza de Santa Cruz podría ser una estatuaria más perdida entre verdores y tráfago de gentes. Que pasa desapercibida a la ignorancia de los adultos. Pero los niños se encargan de reubicarlas. Los niños rompen la rigidez y la seriedad de las obras. Ya no es un mero objeto paralítico. Ese sentido del homenaje o de la alegoría que tienen casi todas las esculturas se deconstruye, afortunadamente, por arte de las manos, las piernas y el esfuerzo de los niños que tratan de subir a ellas, o de colgarse. Pequeños demiurgos revoltosos, con sus juegos las conceden vida.

Yo creo que esa confianza del niño respecto a la escultura completa el ciclo que dejó abierto, probablemente, el escultor. La obra de arte se queda siempre limitada, incompleta. La obra espera de los ojos del espectador una identificación y una aportación más al ciclo siempre insuficiente. Pero nada como la llegada del niño, que con su estudio particular de la obra -pura dinámica- otorga un sentido a caballo entre la realidad y la ficción. El niño pone el eslabón perdido mientras juega con ella. Refuerza el ritmo de la estatua de acero. El niño reivindica con su movimiento imparable y travieso la dinámica rígida de la bicicleta-exhibición. La pone en marcha. El asombro.


jueves, 3 de junio de 2010

Insólita y ridícula censura


Pasmado me quedé. Toda la vida pasando por la calle de la Galera y hasta hoy no me había fijado en el rótulo martilleado. Porque es obvio que a este letrero le sacrificaron el texto. Y sospecho que lo hicieron con alevosía, premeditación y coraje. No sé por qué me huelo que no se trata del coraje del valor, sino del coraje del odio. Ese huérfano “Calle de…” parece enigmático y misterioso, pero no es sino alucinante e insólito. Es como dar nombre de una calle al vacío. Pero si el nombre es de la Galera, ¿quién podría tener interés en eliminar físicamente una nomenclatura admitida desde hacía siglos?

Pero cuenta Agapito y Revilla, que lo sabía todo sobre calles de Valladolid, que durante un tiempo del siglo XX la calle tuvo otro nombre, el de un tal González Peña, que se trataba de un funcionario municipal al que cierto regidor y sus concejales decidieron elevarlo a los cielos, no se sabe bien si por méritos ciertos o por agradecimiento de servicios prestados. Ni siquiera Agapito y Revilla lo ve con buenos ojos. Pero héte aquí, que cuando se produjo la insurrección de los rebeldes contra el gobierno legítimo de la República en 1936, los pistoleros de las derechas, en su mediocridad y estupidez, creyeron que el tal González Peña era un dirigente minero y socialista asturiano de aquel tiempo que llegó incluso a ministro de Justicia. Así que, ni cortos ni perezosos, por aquello de la dialéctica de los puños y las pistolas, se apresuraron a borrar nombres con el mismo afán con que durante años suprimieron vidas.

Por otra parte, el nombre de la calle La Galera también tiene su miga, pero llegados a este punto considero que no es objeto de comentario ahora. Que a estas alturas del tiempo y de lo vivido uno se encuentre con un rótulo machacado no es sólo sorprendente. Lo verdaderamente cómico es que los alevosos de turno no supieran si mataban o espantaban. Claro que así nos fue a todos. A mi el hallazgo de este rótulo demediado e inválido me ha hecho pensar bastante. Y no sólo en la tipología, evolución y nomenclator de las calles, sino en los aconteceres de nuestra historia.

Como se puede comprobar, andar por Valladolid fijándose en los detalles puede dar para mucho.

miércoles, 2 de junio de 2010

Lejanos (y perdidos) oficios

hostiero, ra.
1. m. y f. Persona que hace hostias.

(Acepción de la Real Academia Española)


Pues en un país como el nuestro los oficios crecieron y se multiplicaron hasta extremos sorprendentes. No sé si crearían muchos o pocos puestos de trabajo (supongo que no todos los necesarios, puesto que la aventura, la emigración y el exilio estuvieron en muchas circunstancias de nuestra historia patria a la orden del día) o si todas las actividades estarían retribuidas (cuesta pensar que las instituciones patrimonialistas tradicionales pagaran siempre), pero generar un quehacer lo generaban. Al menos de vocablo, ya que es difícil saber si todos los artesanos vivían dignamente de su arte, o si incluso vivían trampeando. Además no todo arte es oficio, y viceversa.

Dicen que por el barrio de San Andrés había un vecino que fabricaba hostias. No sé en qué época ni para cuánta clientela ni si la industria era pujante. Tampoco sé si se dedicaría a algo más. Pero el rótulo me recuerda algo que, quizá no tenga que ver, pero que me llama la atención y el recuerdo. Hasta hace pocos años existió un taller en un patio de la calle Panaderos, frente a la calle Hostiero, donde se hacían obleas para helados. Los chicos solíamos ir a por recortes. Pero sospecho que el patronímico de la calle viene de más atrás.

Sé también que muchas de las hostias tradicionales donde se sintetizaban el cuerpo y la sangre de Cristo, según la simbología y el ritual de la Iglesia Católica, eran fabricadas en mi infancia por monjitas de diversos conventos. Ni siquiera Agapito y Revilla, el célebre cronista de la ciudad, precisa demasiado sobre este supuesto hostiero cuyo oficio no queda muy claro y su existencia tampoco. De lo que deduzco. 1. Que la existencia de un hostiero por la antigua calle de los Zurradores (hoy Panaderos) sea algo muy perdido en el tiempo. 2. Que se trate de un judío converso que, con esa dedicación, garantizaba su supervivencia física. Cosas más raras se han visto en la historia española. 3. Que todo sea una chufla.

De todos modos, soy receptivo a que alguien me aporte una información más precisa sobre el tema. Lo del hostiero siempre sonó tan fuerte como irónico. Pero podría haber sido.



martes, 1 de junio de 2010

Falsedad ante el terrorismo israelí


Hoy quiero traer a este blog una pintada anónima y enigmática. No ataca. No dice viva tal o muera cual. No esgrime banderas, ni naciones, ni dioses, ni clases. Es un término humano, pero es más que eso. Es un concepto relacionado con la ética que pone el dedo en la llaga. Falsedad es la expresión de nuestro egoísmo ante la barbarie de la que son víctimas otros pueblos en el mundo. Por ejemplo, ahora mismo en lo concerniente al asalto terrorista del Estado israelí sobre los cooperantes internacionales que trasladaban ayuda y medios a los palestinos secuestrados de Gaza.

Sería deshonesto que desde una ciudad de larga trayectoria histórica como la nuestra no hiciéramos oír nuestra voz ante el sufrimiento permanente de unos (los palestinos) y el alevoso ataque que han sufrido otros (los que trasladaban ayuda humanitaria) Pero nuestra voz es débil con relación a la cobardía de los Estados y de sus organizaciones. En este contradictorio mundo hay dos varas o más de medir, según las políticas al uso. Lo cual pone en entredicho la carencia de nivel moral en las relaciones humanas. Es ahí donde la pintada que me encuentro encaja. Falsedad es la palabra clave. Todo lo que diga la ONU, la OTAN, nuestro gobierno, otros gobiernos o la UE es suave, sin comprometerse, sin decisión. A Israel siempre se le trata con guante blanco. Es la corrupción de las palabras, de sus palabras, porque lo es sobre todo de los hechos. Una elemental pintada en una calle vallisoletana deja al descubierto toda la hipocresía y barbarie que se desliza peligrosamente por el planeta. Cuestiona nuestra cultura, nuestra civilización, nuestro diezmado sentido de la justicia y del apoyo mutuo.

Hoy no quiero dedicar el blog ni a un portal ni a un jardín ni a un edificio ni a un modo de vida de mi ciudad. La mirada sobre mi ciudad sería sumamente egoísta si no dijera algo sobre ese otro lugar donde padecen y sobre la represión de que han sido objeto gente de distintas nacionalidades que pretendían llegar a Gaza. Lamento si mis palabras suenan duras. Pido que se reflexione. Nada de lo humano, por muy lejano que parezca estar, puede resultarnos extraño. No caigamos en esa actitud pérfida que es dejarnos llevar por la falsedad.