diario de un vallisoletano curioso

domingo, 20 de diciembre de 2009

Neptuno autista

Hay días en que el vallisoletano curioso amanece introvertido. Prefiere parar. Mirar para otro lado. Mejor hablar con las estatuas. O acaso sentirse como ellas, observando el fluir desde una orilla.

El Campo Grande siempre es una buena excusa para la abstracción. Los motivos que lo habitan son diferentes a los competitivos de la vida ordinaria. Neptuno, asomado en su guarida de otoño, y que conoce muy bien las cuatro estaciones, puede ser un modelo de ver pasar los acontecimientos.

A él no le importa que hoy esté siendo el día más frío, de momento. Es un hijo del océano. Y, cómo no, mira hacia la desembocadura del río que transcurre a sus pies.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Menú del día


A ver quién puede ofrecer un menú más sabroso. El Penicilino lo hace. Ese día tocaba Gamoneda. ¿Por qué no una buena ración de poesía antes de entrar al bar y para sentirte ya bendecido en su interior? Reconozco que El Penicilino de ahora no es el mío, y no es por hacer de menos al actual. Y podría serlo, si lo frecuentara de nuevo. Aprecio y me gusta ver la acogida abundante que tiene por parte de gente joven y de otra no tanto, según las horas y los motivos de encuentro. Te puedes perder en los humos, cierto, pero la clientela es como tú, y eso te hace sentir cómodo. Pero no sabes por qué, pero el fantasma del viejo Penicilino te persigue, y cuando entras de nuevo sigues rastreando las huellas perdidas.

Mi Peni era aquella taberna inmensa, con media docena de tinajas de una capacidad descomunal, tal vez poco acogedora desde el punto de vista actual de este concepto, pero un verdadero check point de estudiantes y parroquianos. Combatías la frialdad de aquella taberna de techos altos, a través de una cháchara con tus amigos o compañeros de la Uni sobre las inquietudes del momento. A veces era el epílogo a unas partidas de futbolín o de billar en Cascajares. Hablar a estas alturas de la pócima misteriosa que daban, el penicilino, absoluto secreto de la casa, y del mantecado de Portillo es ya un tópico del recuerdo. Pero a la pandilla os gustaba haceros los encontradizos con los profesores de la época y, tal como sucedía cuando ibas por Casa Gabino o por El Corcho, que en un alarde de aproximación cuando no de confraternización por su parte, os pagaran la ronda de claretes.

Uno echa de menos en los últimos tiempos, antes de que lo cogieran los chicos de ahora, las tertulias de a pie con Manolo Cossío, mostrador de por medio. A cada visita me ponía al día del último libro que había descubierto. Era habitual que, si no había nadie, le pillaras con Chateaubriand, por ejemplo. Tal vez la infrecuencia de encontrarte con un lector ávido más que con un mero despachante de vinos, hace que valores más, no sólo la actitud de Manolo sino esta iniciativa de menú poético de los actuales propietarios. Cambiad, por favor, los menús todos los días. La poesía no deja de ser una gastronomía necesaria e interminable. No menos importante que la que dura una digestión de pocas horas.

Nota. Clicquea sobre la primera foto para leer el poema.

viernes, 18 de diciembre de 2009

La tristeza del solar


Un trozo de pastel, tal parece, así, tajado de arriba a abajo, dejando el berrete de los edificios anexos. Y pastel será cuando se haga el edificio nuevo y la constructora se lleve su exquisita pasta gansa por adjudicar cada piso a seis mil euros por metro cuadrado. Que es lo que se pide por cualquier superficie de vivienda en el centro de la ciudad. Como poco. Este solar está en la confluencia de la calle Conde Ansúrez con la Plaza del Val, pero solares semejantes, a la espera de que se remonten los efectos de la desmesura cometida en la construcción, se observan en otras calles. Se ve que el dinero llegó para comprar la finca, pero de momento el parón inmobiliario exige esperar. Las financiaciones no pasan por su mejor momento de pareja con la banca.


Siempre me han transmitido tristeza los solares que permanecen huérfanos durante meses o incluso años. Cuando ya no fealdad. Es como si no cumplieran ninguna función. Derribar lo anterior, que estaría viejo o interesaba que lo pareciera, vaya usted a saber, para avanzar un peón más en las jugadas del tablero de los promotores. Un solar es como si el espacio se hubiera quedado sin alma. Y las medianerías de las casas colindantes, junto con sus patios de vecindad, quedan tan poco pudorosas...No quiero decir con eso que automáticamente hubiera que edificar sobre lo derribado. Valladolid es una urbe en la que se construye demasiado, sistemáticamente. A casa derribada, casa levantada, se podría decir, parodiando la máxima. Una ciudad la nuestra donde parece haber un horror desmesurado al vacío. No entendí nunca qué daño puede hacer el vacío. Hay zonas donde se podrían lograr más perspectiva, simplemente con que varios solares fueran urbanizados para uso de tránsito peatonal o ajardinado. Pero la fiebre por levantar in situ no perdona, y menos en el centro.

Solares así no son la mejor imagen para invitar a asomarse a Valladolid, como dice el lema turístico, pero todos somos comprensivos, incluso los denodados visitantes. Ah, ni que decir tiene que soy un ardiente partidario de mantener las paredes que hacen de vallados como zonas para el cartel. La de la foto está a tope. Nunca hay mal que...

jueves, 17 de diciembre de 2009

Una calle fuera del tiempo

Fue de una de las primeras calles que me llamaron la atención en mis años jóvenes. Cuando esa zona y su entorno hasta la Trinidad y San Nicolás, se mecía en una incuria considerable. Cuando nos metíamos a explorar en las ruinas de San Agustín, esa iglesia con una fábrica fenomenal y una fachada impresionante, abierta en canal al cielo y a sus elementos. Cuando las luces de las farolas de ese barrio eran tibias, si no tenebrosas. Luces que, por otra parte, siempre otorgaban un halo de misterio y atemporalidad fascinantes.

Fue también uno de mis primeros objetivos fotográficos en color. Por algún cajón debo tener todavía aquellas fotos en color pálido que reproducían mi humilde Werlisa, a la que debo al menos un aprendizaje de parvulario. Porque las primeras fotos que saqué ni siquiera eran familiares. Fueron sobre las ruinas de la Plaza de la Universidad, que decíamos entonces. Luego ya nos fuimos enterando de que esas ruinas, así, en el sentido más ruinoso y abandonado que uno se pueda imaginar, se llamaban Colegiata de Santa María la Mayor, cuando un talud de toneladas de tierra impresionante apenas dejaba entrever algunos ventanales ojivales. Pero ése es otro recuerdo.

La calle de Santo Domingo de Guzmán siempre me sedujo por su simplicidad. No de líneas, ya que es angular donde las haya en tan poco espacio y recorrido. Sino porque sus muros no contemplan más que la opacidad típica de los monasterios y conventos de hace siglos. En efecto, era una calle parada en el tiempo. Viendo aquella calle uno imaginaba todas las calles de todas las ciudades de España en los siglos pasados. Incluso ayudaba a poner imagen en las lecturas de textos del siglo de Oro, por ejemplo.

Hablo de mis imágenes y recuerdo en pasado porque ahora no la he visto tan identificativa. La construcción de algunos edificios nuevos, un poco metidos para no desentonar con el trazado de la calle, propicia salida de coches de garajes y mayor número de vecinos que la transitan. Cuando yo empecé a conocer esta calle era como una fotografía parada. Sus muros encalados en blanco, descascarillados y roídos, transmitían una imagen fuera del tiempo que vivíamos. No pasaban ni los perros por ella. Daba la impresión de que la gente evitaba su paso.
Desconocía que habían pintado recientemente los muros conventuales. Una mezcla asombrosa de ocres, marrones, amarillos arcillosos...matices cuyos nombres se me escapan. Lo mejor, pasar a verlos. No tiene nada que ver con los colores uniformes de antaño. Ignoro si estos de ahora son ocurrencia de técnicos o recuperan colores ya puestos en su tiempo. Al que haya conocido esta calle hace años le va a chocar. Eso sí, no hay manera de que se cuiden los detalles, por mucha necesidad pragmática que haya de ellos. La señal de circulación, los contenedores de basura.


Agapito y Revilla, ese cronista vallisoletano a caballo entre dos siglos, cita que esta calle se llamaba antes de Santa Catalina. No olvidemos que en ella se ubican dos conventos, el de Santa Isabel, lindando con la zona de San Agustín y Patio Herreriano. Y Santa Catalina, más en el meollo de la calle. Pues bien, el cronista local cuenta que cierta corporación municipal ordenó cambiar su nombre ya que hacía muy mal efecto que esa calle llevara un nombre de santa cuando en ella había algunas casas de mujeres que ejercían la prostitución. Al fin y al cabo, cambiaron el nombre por un santo de la misma orden, la de los Dominicos. No sé si es que el efecto de que éste fuera varón era más admisible para las mentes siempre obsesionadas por el sexo de algunos bienpensantes de la época.




Por cierto, las pintas blanquecinas que se observan en varias fotos son el efecto de los copos de nieve que empezaron a caer esa mañana. No quise interrumpir la sesión fotográfica, y la tímida nieve tenía derecho a posar interfiriendo la imagen, cual corresponde a la vida ordinaria. O dicho de otra manera, que no veo por qué la imagen real tendría que ser perturbada en este caso por el photoshop.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Amagos del cielo


Fue un amago muy frío a media mañana. El día había amanecido con cielo metálico. Se veía venir. Las mujeres de edad desplegabas los paraguas. Los chiquitos de la excursión del cole abrían sus bocas a unos copos tímidos. Los vecinos de la zona opinaban sobre la situación de las horas próximas. Los coches, al ralentí. Todos expectantes. La hierba de la Plaza de la Trinidad parecía capitalizar un manto blanco. Pero la nieve no prosperó. Otra vez será.



martes, 15 de diciembre de 2009

Tendida al sol

El paseante solitario ve igual que el acompañado o que el transeúnte. Pero se fija más. Ve la ciudad en sus expresiones internas. Ve en todas las direcciones y si algo no lo percibe un día lo hará otro. El paseante tiene una actitud. Espera recibir del medio. Espera que el medio le aporte satisfacción. Espera visiones nuevas cada jornada.

Mirar la ciudad no es recibir el objeto en la retina y procesarlo según los cánones al uso. Mirar la ciudad no es aplicar el cliché de una aceptación ideológica ni conformista. Mirar la ciudad no es mirarse el ombligo. La ciudad es dinámica. Sus múltiples manifestaciones la enriquecen. Pero lo importante no es el enriquecimiento de aquello que puede quedarse en una mera abstracción, la ciudad, sino que lo interesante es que se desarrolle en cada habitante.

Que ciudadanos somos todos es de Perogrullo, pero conviene recordarlo, porque no es del todo verdad. Pero hay que exigirlo. Es de los que transitan o permanecen por más o menos tiempo. Los de derecho y los de hecho. Los empadronados de toda la vida y los que se van enraizando. Los que vienen de turistas a hoteles y miran sólo los monumentos, con gran satisfacción para los hosteleros. Los que vienen de otros países a ocupar trabajos que aquí no se ocupan, y que se lo montan como pueden en pisos colectivos. Los que ejercen formas más o menos disimuladas de mendicidad, y a veces hartan. Los pasotas de edades avanzadas, que no tienen dónde caerse muertos, pero que no incordian a nadie y a los cuales vemos matar las horas en determinados espacios de la ciudad, porque están más allá de todo esquema de habitabilidad confortable y no te cuento de ciudadanía reconocida.


Estas fotografías las tomé frente a una de las entradas de la Estación de Autobuses y justo y paradójicamente junto a un hotel. He visto en verano este mismo banco utilizado como descanso de homeless. En pleno día de bajo cero sirve de tendedero de una ropa que vaya usted a saber cuánto tardaría en secarse. ¿O se trataba de una artimaña para reservarse el asiento? Desde luego, yo no voy a quitarle el derecho a la persona que, pertrechada de un sentido higiénico indudable, ha puesto a secar sus modestas prendas a un sol de dudosa fuerza.

¿Y si todo fuera una especie de perfomance de algún creativo publicitario o de una nueva moda? También podría ser. Las apuestas están abiertas.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Un palacio aún muy palaciego


Que en Valladolid al menos perduran monumentos puntuales, así en sentido aislado, aun habiendo desaparecido casi todo el entorno histórico, es la noticia menos mala. Que bastantes de estos monumentos son arquitectura civil, es mejor todavía. No todo lo que pervive son templos o conventos, muchos de los cuales desaparecieron también. Y que casi todo lo que nos ha llegado de los edificios civiles son palacios, ahí está. De acuerdo que algunos con muchos cambios, con intervenciones y rehabilitaciones diversas en otras épocas de las que vaya usted a saber su respeto a lo original.


Algunos palacios han llegado a ser desmontados en su totalidad y luego repuestos algunos de sus elementos más vistosos, por ejemplo, patios o columnatas. Otros se han mantenido más o menos debido a usos sucesivos que han servido para salvarlos de las destrucciones ocasionales de la historia o del abandono. ¿Quién podía hacer una arquitectura consistente en los siglos pasados? La Iglesia y la Nobleza. También las instituciones al uso. Ahí permanece el Palacio de Santa Cruz o la Universidad. Pero mira por ejemplo el Ayuntamiento antiguo, quedamos desprovisto de él. En un país de poderes tenaza siempre han sido los holding poderosos los que han podido levantar la riqueza monumental, aunque parte de ésta se vino abajo en la medida en que ese poder mermaba o la propiedad cambiaba de manos.

El palacio recogido aquí se llama Palacio de los Condes de Villasante. Está justo detrás del Teatro Calderón, edificado sobre el solar donde antiguamente estuvo el Palacio del Almirante de Castilla. Hoy, y desde mediados del siglo XIX, esta propiedad noble pertenece a la autoridad eclesiástica, y se ubica en él el Arzobispado y sus consecuentes dependencias administrativas. Es un palacio que continúa con sus deberes palaciegos, aunque la Corte sea diferente al papel inicial.
Parece que en el edificio se están llevando algunas obras, en concreto en los espectaculares sótanos y pasadizos de uno de los torreones que dan a la fachada. Ocasión propicia para hallar la puerta abierta y echar un vistazo al patio renacentista. Este tipo de patios, de inspiración italiana, me fascinan. Tanto el trenzado de los arcos como la perspectiva que ofrecen desde cualquiera de sus ángulos. Me dejé seducir también por los capiteles, cuyas alegorías sería interesante conocer. Pero de momento me basta con recrearme en su visión. Por cierto, no obstante el trasiego de los funcionarios del clero, la sensación de apacibilidad y el aislamiento del exterior te toma. No me cabe duda de que es uno de los secretos de la buena arquitectura.





domingo, 13 de diciembre de 2009

Okupas espontáneos

Hierba, matorral, arbusto. Qué importa el nombre. El nombre es caos. Caos de la vida. La misma razón instaurada en todo el universo. No pide permiso para llegar aquí. Se instala en la acera. En los solares de la codicia del hombre. No la paran verjas ni vallados ni el asfalto. Siempre habrá una rendija, la resquebrajadura del firme de la calle, las hendiduras de una medianera. Un espacio minúsculo donde aflore en vertical la tierra. Y ellas, las esporas, precediendo a la criatura, llegan allí. Toman posesión contra las ordenanzas municipales. Crecen desmesuradamente. Son como la selva en la urbe. Más benéficas que el salvajismo intrínseco y conflictivo de la ciudad. Si se las dejara lo ocuparían todo. No hay espacio que no pueda ser transido por una simiente natural y mínima. No hay un portento de vida que no sea efecto de esa semilla salvaje y viajera. Nada tienen que perder. Nunca sabremos el origen. El viento es cómplice y vehículo de su esperanza. No entienden de cemento ni de estructuras ni de urbanización de las parcelas. Mientras algunas plantas de lujo se pudren en los balcones, ellas llegan con la alegría de la posibilidad de vida. Da igual la estación. No saben de las leyes de propiedad de los humanos. Son lo espontáneo. Y viven, y cunden, y convierten el gris en verde. Briznas de hierba, de matojos, de broza, yo os saludo. Abrís la materia dura para hacerla fresca y persistente.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Mery, al vuelo


Te la encuentras delante del Mercado del Val, que va camino de la tienda de enmarcación de Blanquita Simón. Con la misma risa de siempre, la que conociste cuando erais vecinos. Los tres, Mery, Blanca y tú. Porque Mery Maroto no tiene sólo sonrisa, sino más, porque su sonrisa es extensa. Ríe porque para ella la vida, como su obra, necesita esa risa y la siente como satisfacción. Y la risa o es el efecto o es el conjuro o es el exorcismo. La risa vale para todo, y siempre el bendito recurso.

Mery la pintora, la escultora, la escenógrafa de teatro, la esforzada luchadora contra sus debilidades. Ay, Mery, aquellos zapatitos de tacón que dibujabas y que tanto gustaban a tu vecina Antonia. ¿Sería su incentivo lo que estimuló el crecimiento de tu arte? Lejos queda aquella iniciación. Lejos los recuerdos de vecindad de la calle Loza, el patio, el pozo donde el niño travieso tiraba vuestros zapatos, las familias que pasaban de una casa a otra con el desparpajo sincero que ahora se ha perdido, los apoyos, los mantecados y magdalenas que tu madre María hacía en la cocina bilbaína. Lejos ya Alan Ladd y toda tu afición cinematográfica. Lejos, pero latente el recuerdo. Para eso estamos aquí, para recordar todo esto y más en cada encuentro casual o acordado.

viernes, 11 de diciembre de 2009

¿La huella de los jardines babilónicos?


No son los Jardines Colgantes de Babilonia, pero podrían ser el modelo, salvando todas las distancias del mundo. O acaso el espíritu de Wright con su casa sobre la cascada, aquí sobre la calle, estuviera de alguna manera en la mente de los arquitectos. Ficciones y exageradas asociaciones de ideas mías. Sin pretender comparar este edificio con una de las míticas Siete Maravillas del Mundo, sobre la que se ha hecho más ficción que otra cosa, lo que pretendo es traer aquí lo diferente, lo extraordinario, lo inusual en nuestra ciudad. Y me refiero a tipología y estética del edificio, en una ciudad donde abunda la repetición del ladrillo cara vista -material honroso y preciado, por otra parte, si tiene arte-, las fachadas de ventanas que no destacan y la cada vez mayor renuncia a balcones con saliente y terrazas abalconadas.

Por supuesto que hay de todo, pero durante los últimos años, precisamente estos de la explosión inmobiliaria que ha sido al final también de burbuja letal, la imaginación no es la norma. Naturalmente, se dirá que tampoco lo fue en la década de los sesenta y de los setenta, cuando levantar los barrios de Valladolid fue el chollo de los constructores, a precio de la fealdad y la repetición. Y, ¿qué decir de la construcción de edificios de nuevo cuño sobre solares del casco antiguo? Con la pretensión formal de que mantengan semejanzas con lo anterior, no pueden salir fachadas más pobretonas, ausentes de gracia y de la llamada de la calle. La arquitectura de los siglos XIX y XX sigue siendo una de las señas de identidad cualitativa de nuestra arquitectura, aunque responda a la capacidad económica y social de la burguesía vallisoletana. De ella habría que haber aprendido algo más en los últimos años.


Este edificio, que puede ser del gusto o no de otras personas, al menos rompe. Las alturas están a distinta disposición, y de acuerdo con que esa especie de contrafuertes de cemento da a primera vista una sensación rara, tal vez porque el material no goza de un prestigio decorativo precisamente. Sin embargo, para mi es una solución grácil e ingeniosa, y las plantas que casi devoran la fachada dejan de ser simple vegetación cayendo en cascada para convertirse en un elemento decorativo integrado con los materiales duros. Simbiosis placentera. Yo sólo sé que cuando paso por la calle Puente Colgante, no puedo dejar de mirar el edificio.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Caras para todos los gustos


Perspectivas. Podría decirse que entre ambas ilustraciones median zonas distintas de la ciudad. Y sin embargo, apenas las separa la escasa anchura de la calzada de la calle de La Cadena. Una, tan ortodoxa y creativa, iluminando las cristaleras de un bar moderno. La otra, zafia, libérrima y divertidamente siniestra, no necesariamente empeorando la puerta desastrosa de una trasera metálica.

Si la primera representa a tipos de la juventud guay (y buena consumidora), iniciativa del propietario emprendedor y al menos con buen gusto, en una calle de por sí sosa, la pobretona es la acción desenfadada, y no muy hábil con el dibujo, de unos ilustradores que acertaron a pasar por allí. Pero a mi me parece que en ambas hay reflejados dos tipos, dos roles, dos estéticas. La del bar está más en línea con los grafismos publicitarios. La trasera dibuja otros rostros, un fantasma (¿o acaso un verdugo?) y una cara cuadriculada, con cierta expresión de póker. La expresión marginal.

No dejan de ser divertidas estas miradas cómplices que mantienen de frente, día y noche, una y otra pintada. Creo que en ambos casos, y vistas las circunstancias de los soportes, las imágenes están dotadas de calor.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Soledad de soledades...

...todo soledad. Aunque haya ruido de coches, tráfago de viandantes e invasión de las aceras por los repartidores. Porque de una plaza que en su tiempo fue plaza hoy hemos heredado un pozo. Un pozo de edificios en todas las direcciones, de muchas y desiguales alturas, un espacio de forma confusa y absolutamente irregular. Una plaza que lo es tan sólo de nombre, Plaza del Rosarillo, pero absolutamente desequilibrada y ya sin identidad alguna. Una plaza perdida.


De su nombre la vecindad, mayormente reciente, no encuentra hoy día ni sentido ni vínculo ni explicación. Porque los nombres de las calles y plazas antiguas estaban para eso, para mantener vínculos con el pasado. Para rescatar y perpetuar en lo posible una memoria. Pero ya se ve que los que hoy ponen cara hosca cuando se menciona el término memoria histórica fueron los primeros en cargársela. Con el poder de las leyes de política urbanística y con su afán depredador.

Por diversas ciudades del mundo hay plazas de planta irregular heredadas de siglos pasados, pero al menos armónicas: en cuanto a las alturas de los edificios, a la salida y distribución de sus calles, a la homogeneidad de su pavimento, al mantenimiento de signos de ornamentación, a su peatonalización seria y consecuente. Pero aquí, ná de ná, que diría el castizo. La antigua Plaza cayó, con todos sus atributos. Cierto que hay un leve retazo con algunas casas que recuerda la ausencia. La caída de una de las aceras hace la Calle de las Angustias, pero no es propiamente la plaza.

Una pequeña huella. Una de esas fuentes que no son muy antiguas y que pululaban por las plazas de Valladolid, para el uso doméstico vecinal. Hace cincuenta años aún estaban en vigor. Pues bien, a ésta la han readaptado un bolo recientemente y la han dejado ahí, porque total, algo tan insignificante molesta menos que un aparcamiento de motos, por ejemplo, ¿no? En ese sentido se podría proponer el cambio de nomenclatura del entorno, que no plaza. Entorno de la Fuente Humilde o Rinconada de la Fuente Testigo o Travesía de la Plaza Desaparecida. ¿No querían nuestros arquitectos y munícipes de hace unos años modernizar la ciudad, aunque fuera entrando a saco en la esencia del casco histórico? Pues que sus sucesores actualicen también el nombre. Y pensar que en este promontorio ocupado hoy por edificios elevados estuvo el cogollo de la ciudad a lo largo de siglos...


Mientras, el escudo enigmático, relavado o reinstalado, de la ciudad vela simbólicamente por la traída de las aguas del caño. Un detalle kitch para un rincón que se extravió hace tiempo. Francamente: uno preferiría el ambiente y la arquitectura de la plaza que fue a la migaja de un escudo. Las señas de identidad no son los emblemas sino el mantenimiento, la preservación y la armonía de los espacios urbanos. Incluso los antiguos.

martes, 8 de diciembre de 2009

De la noche al día


No creo que queden muchos faroles como éstos. Ya sé, son farolas de bombillas, pero mantienen esa estructura del farol de procedencia decimonónica que me fascina. Así que me permito la licencia; me apetece llamarlos faroles. Se encuentran en la calle Cardenal Cos, donde da uno de los muros laterales de la Catedral. Allí prenden altivos desde la pared de ladrillo de un antiguo almacén y de la casa ya deshabitada que hace esquina con la Plaza de la Universidad.

Farolas que nacen de los muros, exibiendo el escudo de la ciudad y que alargan al vacío un delicado brazo que se encarga de sostener el farol acristalado, tan coronado él como el escudo. Residuos de un pasado no muy lejano, supongo que los eliminarán en cuanto se ejecuten nuevas construcciones en la calle. Pero mientras, los reivindico.

Se agradece su presencia tibia, no sólo porque su iluminación ambiente concede carácter a la calle, sino porque desplaza la exageración luminaria de la ciudad. ¿Se ha parado a pensar la ciudadanía cuántos modelos de farolas y luminarias invaden paredes y suelos de las calles? Fíjense cada vez que tomen una calle y otra. Sólo en el centro la diversidad de estéticas y estilos se multiplica exageradamente.

Y es que los puntos de luz no por ser farolas isabelinas son las más adecuadas, en ese empeño a hacer aparentar ciertas calles de la ciudad como si fueran de dos siglos atrás. No por poner columnas lumínicas, cual gusanitos de luz fuera de contexto, como en el Paseo entre el Campo Grande y la Acera de Recoletos somos más modernos. Si repasáramos una a una cada ruta callejera tendríamos sobrados motivos para cuestionar y hasta para discrepar sobre los sistemas de iluminación artificial. Añadamos al tema la abusiva luz que se desprenden de los comercios y de la circulación de vehículos: no es de extrañar que la contaminación lumínica sea otra de las modalidades de malestar si no de destrucción ambiental. Prueben a subir al Cerro San Cristóbal y verán las dificultades para observar el cielo.

Propongo una ruta turística, a patita y sin Bus Turístico al uso, por favor, para descubrir las mil y una variedades de cepas luminosas que cunden por nuestras calles. Como algún día habrá que establecer la ruta de las cámaras de seguridad, que en algunas zonas de la urbe son una verdadera pasada. No sé si es un tema que tenga solución, ni siquiera si su solución pasa por homogeneizar y reducir los puntos de luz a unos pocos. Pero mientras, me divierto como si estuviera viendo un museo vivo y al día. Después de todo, el mobiliario urbano se ha constituido como una de las plagas principales de nuestras ciudades. Y en esta nuestra adquiere categoría de mal gusto y de dificultad para ejercer de peatones. Me quedo con la sencillez de esas farolas modestas que me hacen pasar despacio y hasta relajan mi estrés cuando camino por la zona que las acoge.