Fue un amago muy frío a media mañana. El día había amanecido con cielo metálico. Se veía venir. Las mujeres de edad desplegabas los paraguas. Los chiquitos de la excursión del cole abrían sus bocas a unos copos tímidos. Los vecinos de la zona opinaban sobre la situación de las horas próximas. Los coches, al ralentí. Todos expectantes. La hierba de la Plaza de la Trinidad parecía capitalizar un manto blanco. Pero la nieve no prosperó. Otra vez será.
diario de un vallisoletano curioso
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Amagos del cielo
Fue un amago muy frío a media mañana. El día había amanecido con cielo metálico. Se veía venir. Las mujeres de edad desplegabas los paraguas. Los chiquitos de la excursión del cole abrían sus bocas a unos copos tímidos. Los vecinos de la zona opinaban sobre la situación de las horas próximas. Los coches, al ralentí. Todos expectantes. La hierba de la Plaza de la Trinidad parecía capitalizar un manto blanco. Pero la nieve no prosperó. Otra vez será.
martes, 15 de diciembre de 2009
Tendida al sol
Mirar la ciudad no es recibir el objeto en la retina y procesarlo según los cánones al uso. Mirar la ciudad no es aplicar el cliché de una aceptación ideológica ni conformista. Mirar la ciudad no es mirarse el ombligo. La ciudad es dinámica. Sus múltiples manifestaciones la enriquecen. Pero lo importante no es el enriquecimiento de aquello que puede quedarse en una mera abstracción, la ciudad, sino que lo interesante es que se desarrolle en cada habitante.
Que ciudadanos somos todos es de Perogrullo, pero conviene recordarlo, porque no es del todo verdad. Pero hay que exigirlo. Es de los que transitan o permanecen por más o menos tiempo. Los de derecho y los de hecho. Los empadronados de toda la vida y los que se van enraizando. Los que vienen de turistas a hoteles y miran sólo los monumentos, con gran satisfacción para los hosteleros. Los que vienen de otros países a ocupar trabajos que aquí no se ocupan, y que se lo montan como pueden en pisos colectivos. Los que ejercen formas más o menos disimuladas de mendicidad, y a veces hartan. Los pasotas de edades avanzadas, que no tienen dónde caerse muertos, pero que no incordian a nadie y a los cuales vemos matar las horas en determinados espacios de la ciudad, porque están más allá de todo esquema de habitabilidad confortable y no te cuento de ciudadanía reconocida.
Estas fotografías las tomé frente a una de las entradas de la Estación de Autobuses y justo y paradójicamente junto a un hotel. He visto en verano este mismo banco utilizado como descanso de homeless. En pleno día de bajo cero sirve de tendedero de una ropa que vaya usted a saber cuánto tardaría en secarse. ¿O se trataba de una artimaña para reservarse el asiento? Desde luego, yo no voy a quitarle el derecho a la persona que, pertrechada de un sentido higiénico indudable, ha puesto a secar sus modestas prendas a un sol de dudosa fuerza.
¿Y si todo fuera una especie de perfomance de algún creativo publicitario o de una nueva moda? También podría ser. Las apuestas están abiertas.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Un palacio aún muy palaciego
Que en Valladolid al menos perduran monumentos puntuales, así en sentido aislado, aun habiendo desaparecido casi todo el entorno histórico, es la noticia menos mala. Que bastantes de estos monumentos son arquitectura civil, es mejor todavía. No todo lo que pervive son templos o conventos, muchos de los cuales desaparecieron también. Y que casi todo lo que nos ha llegado de los edificios civiles son palacios, ahí está. De acuerdo que algunos con muchos cambios, con intervenciones y rehabilitaciones diversas en otras épocas de las que vaya usted a saber su respeto a lo original.
Algunos palacios han llegado a ser desmontados en su totalidad y luego repuestos algunos de sus elementos más vistosos, por ejemplo, patios o columnatas. Otros se han mantenido más o menos debido a usos sucesivos que han servido para salvarlos de las destrucciones ocasionales de la historia o del abandono. ¿Quién podía hacer una arquitectura consistente en los siglos pasados? La Iglesia y la Nobleza. También las instituciones al uso. Ahí permanece el Palacio de Santa Cruz o la Universidad. Pero mira por ejemplo el Ayuntamiento antiguo, quedamos desprovisto de él. En un país de poderes tenaza siempre han sido los holding poderosos los que han podido levantar la riqueza monumental, aunque parte de ésta se vino abajo en la medida en que ese poder mermaba o la propiedad cambiaba de manos.
El palacio recogido aquí se llama Palacio de los Condes de Villasante. Está justo detrás del Teatro Calderón, edificado sobre el solar donde antiguamente estuvo el Palacio del Almirante de Castilla. Hoy, y desde mediados del siglo XIX, esta propiedad noble pertenece a la autoridad eclesiástica, y se ubica en él el Arzobispado y sus consecuentes dependencias administrativas. Es un palacio que continúa con sus deberes palaciegos, aunque la Corte sea diferente al papel inicial.
Parece que en el edificio se están llevando algunas obras, en concreto en los espectaculares sótanos y pasadizos de uno de los torreones que dan a la fachada. Ocasión propicia para hallar la puerta abierta y echar un vistazo al patio renacentista. Este tipo de patios, de inspiración italiana, me fascinan. Tanto el trenzado de los arcos como la perspectiva que ofrecen desde cualquiera de sus ángulos. Me dejé seducir también por los capiteles, cuyas alegorías sería interesante conocer. Pero de momento me basta con recrearme en su visión. Por cierto, no obstante el trasiego de los funcionarios del clero, la sensación de apacibilidad y el aislamiento del exterior te toma. No me cabe duda de que es uno de los secretos de la buena arquitectura.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Okupas espontáneos
Hierba, matorral, arbusto. Qué importa el nombre. El nombre es caos. Caos de la vida. La misma razón instaurada en todo el universo. No pide permiso para llegar aquí. Se instala en la acera. En los solares de la codicia del hombre. No la paran verjas ni vallados ni el asfalto. Siempre habrá una rendija, la resquebrajadura del firme de la calle, las hendiduras de una medianera. Un espacio minúsculo donde aflore en vertical la tierra. Y ellas, las esporas, precediendo a la criatura, llegan allí. Toman posesión contra las ordenanzas municipales. Crecen desmesuradamente. Son como la selva en la urbe. Más benéficas que el salvajismo intrínseco y conflictivo de la ciudad. Si se las dejara lo ocuparían todo. No hay espacio que no pueda ser transido por una simiente natural y mínima. No hay un portento de vida que no sea efecto de esa semilla salvaje y viajera. Nada tienen que perder. Nunca sabremos el origen. El viento es cómplice y vehículo de su esperanza. No entienden de cemento ni de estructuras ni de urbanización de las parcelas. Mientras algunas plantas de lujo se pudren en los balcones, ellas llegan con la alegría de la posibilidad de vida. Da igual la estación. No saben de las leyes de propiedad de los humanos. Son lo espontáneo. Y viven, y cunden, y convierten el gris en verde. Briznas de hierba, de matojos, de broza, yo os saludo. Abrís la materia dura para hacerla fresca y persistente.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Mery, al vuelo
Te la encuentras delante del Mercado del Val, que va camino de la tienda de enmarcación de Blanquita Simón. Con la misma risa de siempre, la que conociste cuando erais vecinos. Los tres, Mery, Blanca y tú. Porque Mery Maroto no tiene sólo sonrisa, sino más, porque su sonrisa es extensa. Ríe porque para ella la vida, como su obra, necesita esa risa y la siente como satisfacción. Y la risa o es el efecto o es el conjuro o es el exorcismo. La risa vale para todo, y siempre el bendito recurso.
Mery la pintora, la escultora, la escenógrafa de teatro, la esforzada luchadora contra sus debilidades. Ay, Mery, aquellos zapatitos de tacón que dibujabas y que tanto gustaban a tu vecina Antonia. ¿Sería su incentivo lo que estimuló el crecimiento de tu arte? Lejos queda aquella iniciación. Lejos los recuerdos de vecindad de la calle Loza, el patio, el pozo donde el niño travieso tiraba vuestros zapatos, las familias que pasaban de una casa a otra con el desparpajo sincero que ahora se ha perdido, los apoyos, los mantecados y magdalenas que tu madre María hacía en la cocina bilbaína. Lejos ya Alan Ladd y toda tu afición cinematográfica. Lejos, pero latente el recuerdo. Para eso estamos aquí, para recordar todo esto y más en cada encuentro casual o acordado.
viernes, 11 de diciembre de 2009
¿La huella de los jardines babilónicos?
No son los Jardines Colgantes de Babilonia, pero podrían ser el modelo, salvando todas las distancias del mundo. O acaso el espíritu de Wright con su casa sobre la cascada, aquí sobre la calle, estuviera de alguna manera en la mente de los arquitectos. Ficciones y exageradas asociaciones de ideas mías. Sin pretender comparar este edificio con una de las míticas Siete Maravillas del Mundo, sobre la que se ha hecho más ficción que otra cosa, lo que pretendo es traer aquí lo diferente, lo extraordinario, lo inusual en nuestra ciudad. Y me refiero a tipología y estética del edificio, en una ciudad donde abunda la repetición del ladrillo cara vista -material honroso y preciado, por otra parte, si tiene arte-, las fachadas de ventanas que no destacan y la cada vez mayor renuncia a balcones con saliente y terrazas abalconadas.
Por supuesto que hay de todo, pero durante los últimos años, precisamente estos de la explosión inmobiliaria que ha sido al final también de burbuja letal, la imaginación no es la norma. Naturalmente, se dirá que tampoco lo fue en la década de los sesenta y de los setenta, cuando levantar los barrios de Valladolid fue el chollo de los constructores, a precio de la fealdad y la repetición. Y, ¿qué decir de la construcción de edificios de nuevo cuño sobre solares del casco antiguo? Con la pretensión formal de que mantengan semejanzas con lo anterior, no pueden salir fachadas más pobretonas, ausentes de gracia y de la llamada de la calle. La arquitectura de los siglos XIX y XX sigue siendo una de las señas de identidad cualitativa de nuestra arquitectura, aunque responda a la capacidad económica y social de la burguesía vallisoletana. De ella habría que haber aprendido algo más en los últimos años.

Este edificio, que puede ser del gusto o no de otras personas, al menos rompe. Las alturas están a distinta disposición, y de acuerdo con que esa especie de contrafuertes de cemento da a primera vista una sensación rara, tal vez porque el material no goza de un prestigio decorativo precisamente. Sin embargo, para mi es una solución grácil e ingeniosa, y las plantas que casi devoran la fachada dejan de ser simple vegetación cayendo en cascada para convertirse en un elemento decorativo integrado con los materiales duros. Simbiosis placentera. Yo sólo sé que cuando paso por la calle Puente Colgante, no puedo dejar de mirar el edificio.
Este edificio, que puede ser del gusto o no de otras personas, al menos rompe. Las alturas están a distinta disposición, y de acuerdo con que esa especie de contrafuertes de cemento da a primera vista una sensación rara, tal vez porque el material no goza de un prestigio decorativo precisamente. Sin embargo, para mi es una solución grácil e ingeniosa, y las plantas que casi devoran la fachada dejan de ser simple vegetación cayendo en cascada para convertirse en un elemento decorativo integrado con los materiales duros. Simbiosis placentera. Yo sólo sé que cuando paso por la calle Puente Colgante, no puedo dejar de mirar el edificio.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Caras para todos los gustos
Perspectivas. Podría decirse que entre ambas ilustraciones median zonas distintas de la ciudad. Y sin embargo, apenas las separa la escasa anchura de la calzada de la calle de La Cadena. Una, tan ortodoxa y creativa, iluminando las cristaleras de un bar moderno. La otra, zafia, libérrima y divertidamente siniestra, no necesariamente empeorando la puerta desastrosa de una trasera metálica.
Si la primera representa a tipos de la juventud guay (y buena consumidora), iniciativa del propietario emprendedor y al menos con buen gusto, en una calle de por sí sosa, la pobretona es la acción desenfadada, y no muy hábil con el dibujo, de unos ilustradores que acertaron a pasar por allí. Pero a mi me parece que en ambas hay reflejados dos tipos, dos roles, dos estéticas. La del bar está más en línea con los grafismos publicitarios. La trasera dibuja otros rostros, un fantasma (¿o acaso un verdugo?) y una cara cuadriculada, con cierta expresión de póker. La expresión marginal.
No dejan de ser divertidas estas miradas cómplices que mantienen de frente, día y noche, una y otra pintada. Creo que en ambos casos, y vistas las circunstancias de los soportes, las imágenes están dotadas de calor.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Soledad de soledades...
De su nombre la vecindad, mayormente reciente, no encuentra hoy día ni sentido ni vínculo ni explicación. Porque los nombres de las calles y plazas antiguas estaban para eso, para mantener vínculos con el pasado. Para rescatar y perpetuar en lo posible una memoria. Pero ya se ve que los que hoy ponen cara hosca cuando se menciona el término memoria histórica fueron los primeros en cargársela. Con el poder de las leyes de política urbanística y con su afán depredador.
Una pequeña huella. Una de esas fuentes que no son muy antiguas y que pululaban por las plazas de Valladolid, para el uso doméstico vecinal. Hace cincuenta años aún estaban en vigor. Pues bien, a ésta la han readaptado un bolo recientemente y la han dejado ahí, porque total, algo tan insignificante molesta menos que un aparcamiento de motos, por ejemplo, ¿no? En ese sentido se podría proponer el cambio de nomenclatura del entorno, que no plaza. Entorno de la Fuente Humilde o Rinconada de la Fuente Testigo o Travesía de la Plaza Desaparecida. ¿No querían nuestros arquitectos y munícipes de hace unos años modernizar la ciudad, aunque fuera entrando a saco en la esencia del casco histórico? Pues que sus sucesores actualicen también el nombre. Y pensar que en este promontorio ocupado hoy por edificios elevados estuvo el cogollo de la ciudad a lo largo de siglos...
Mientras, el escudo enigmático, relavado o reinstalado, de la ciudad vela simbólicamente por la traída de las aguas del caño. Un detalle kitch para un rincón que se extravió hace tiempo. Francamente: uno preferiría el ambiente y la arquitectura de la plaza que fue a la migaja de un escudo. Las señas de identidad no son los emblemas sino el mantenimiento, la preservación y la armonía de los espacios urbanos. Incluso los antiguos.
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martes, 8 de diciembre de 2009
De la noche al día
No creo que queden muchos faroles como éstos. Ya sé, son farolas de bombillas, pero mantienen esa estructura del farol de procedencia decimonónica que me fascina. Así que me permito la licencia; me apetece llamarlos faroles. Se encuentran en la calle Cardenal Cos, donde da uno de los muros laterales de la Catedral. Allí prenden altivos desde la pared de ladrillo de un antiguo almacén y de la casa ya deshabitada que hace esquina con la Plaza de la Universidad.
Farolas que nacen de los muros, exibiendo el escudo de la ciudad y que alargan al vacío un delicado brazo que se encarga de sostener el farol acristalado, tan coronado él como el escudo. Residuos de un pasado no muy lejano, supongo que los eliminarán en cuanto se ejecuten nuevas construcciones en la calle. Pero mientras, los reivindico.
Se agradece su presencia tibia, no sólo porque su iluminación ambiente concede carácter a la calle, sino porque desplaza la exageración luminaria de la ciudad. ¿Se ha parado a pensar la ciudadanía cuántos modelos de farolas y luminarias invaden paredes y suelos de las calles? Fíjense cada vez que tomen una calle y otra. Sólo en el centro la diversidad de estéticas y estilos se multiplica exageradamente.
Y es que los puntos de luz no por ser farolas isabelinas son las más adecuadas, en ese empeño a hacer aparentar ciertas calles de la ciudad como si fueran de dos siglos atrás. No por poner columnas lumínicas, cual gusanitos de luz fuera de contexto, como en el Paseo entre el Campo Grande y la Acera de Recoletos somos más modernos. Si repasáramos una a una cada ruta callejera tendríamos sobrados motivos para cuestionar y hasta para discrepar sobre los sistemas de iluminación artificial. Añadamos al tema la abusiva luz que se desprenden de los comercios y de la circulación de vehículos: no es de extrañar que la contaminación lumínica sea otra de las modalidades de malestar si no de destrucción ambiental. Prueben a subir al Cerro San Cristóbal y verán las dificultades para observar el cielo.
Propongo una ruta turística, a patita y sin Bus Turístico al uso, por favor, para descubrir las mil y una variedades de cepas luminosas que cunden por nuestras calles. Como algún día habrá que establecer la ruta de las cámaras de seguridad, que en algunas zonas de la urbe son una verdadera pasada. No sé si es un tema que tenga solución, ni siquiera si su solución pasa por homogeneizar y reducir los puntos de luz a unos pocos. Pero mientras, me divierto como si estuviera viendo un museo vivo y al día. Después de todo, el mobiliario urbano se ha constituido como una de las plagas principales de nuestras ciudades. Y en esta nuestra adquiere categoría de mal gusto y de dificultad para ejercer de peatones. Me quedo con la sencillez de esas farolas modestas que me hacen pasar despacio y hasta relajan mi estrés cuando camino por la zona que las acoge.
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domingo, 6 de diciembre de 2009
Cómpreme una mascarita...
Una vuelta por los puestos de bromas y otras chucherías de estas fechas en la Plaza de Zorrilla me habla de la gente. No de los que están tras el mostrador, para los cuales este género es tan importante como para el Sr. Botín las operaciones de su imperio bancario, por ejemplo.
Ese despliegue de máscaras histriónicas me hace pensar que compradores los hay, con o sin la tatareada crisis. Me pregunto entonces sobre la necesidad de esa especie de travestismo facial, al socaire de una fiestas estereotipadas y asumidas a diestro y siniestro. Y me imagino a esos mismos compradores de caretas poniéndose y quitándose diariamente su máscara de funcionario, de tornero, de enfermera de la seguridad social, de cajera o de empleado de grandes almacenes, por citar algunos roles laborales. O bien de padres entregados, de maridos intachables, de esposas complacientes, de vecinos gratos, de conductores educados...
¿Se necesita la máscara de fantoche festiva para alternarla con la habitual? ¿Se trata de ponerse lo bufón y lo esperpéntico para diluir la gravedad de las máscaras cotidianas, las que llevamos pegadas a los músculos? ¿Se pretende recurrir a lo exagerado para salvar las íntimas, a las que estamos tan acostumbrados? A veces me digo si no resultaríamos más auténticos si calzáramos nuestros aparentes rostros cotidianos con el disfraz de lo increíble. A uno, con frecuencia, lo que le espanta es la jeta que traslada de aquí para allá la ciudadanía. Esa mudanza que va desde los gestos hirsutos hasta las sonrisas beatíficas, y todo tan dudosamente creíble, en el plisplás de veinticuatro horas en la vida de un androide.
sábado, 5 de diciembre de 2009
El rojo emblema del...amor
No, casi me deslizo y nombro la novela de Stephen Crane. Y digo El rojo emblema del valor en lugar de lo que digo. ¿Y por qué no? ¿Amar no conlleva una buena dosis de valor? Amar implica riesgo, dificultades, tenacidad, desánimo, ilusión, avances, retrocesos, alcances, tocar el cielo...alternancia de sentimientos y esfuerzos ilimitados, en fin. Así, hasta la exhaustividad, más o menos decidida por cada cual.
Por otro lado, ¿hubo alguna vez algo más intensamente rojo que el propio corazón? Una musculatura que su propia opacidad carnosa intensifica el color hacia dentro. Magma cálido como ningún otro. ¿Hubo algo más densamente rojo que la sangre, bombeada perpetuamente por el corazón, y que emerge desenfrenada en cuanto se rompe caprichosamente una venilla capilar? Ah, los borbotones rojos de la sangre. Cuánto temor a perder con ellos y con su color hasta el alma. El color rojo es pues, el color de la vida.
Ahí, el desmesurado pintor aficionado, pero entregado, de la pared del aparcamiento de Guardería, entre el Arco de Ladrillo y Avenida de Irún, no ahorra ni el volumen de la forma ni la pintura bermeja. Bueno, sí, hay algunas pequeñas lagunas no cubiertas, algo así como fisuras o zonas no suficientemente reconocidas. O a donde tal vez no ha llegado por error óptico. Como lo que representa, obviamente. Pero la gran masa encarnada domina el territorio. Sabe que el poder de lo rojo está en sus manos y en sus sentimientos. Lo esgrime y lo vindica para la persona a la que se lo ofrece. Entonces vienen los nombres. El ritual. Los personajes de la obra, la confesión pública y los secretos ocultos. El vínculo a tres bandas del símbolo pictográfico, del color y de la palabra sagrada. Nada nuevo. Todo eterno.
viernes, 4 de diciembre de 2009
El vallisoletano que puso la peluca a Carrillo
Vas por la calle y te lo encuentras. Un personaje venerable, envuelto en su barba a punto nonagenaria, que se dirige a una librería céntrica a firmar un libro que ha escrito sobre su vida. Y descubres que aquel vallisoletano obligado a irse de su ciudad hace más de sesenta años ha vuelto. ¿Tuvo que largarse por la terrible situación de la política dictatorial en sí? Más bien fue por las envidias y celos de algunos allegados colegas que, además de ser mediocres, se habían uncido al carro vencedor y utilizaban también para su provecho la política única del momento (años cuarenta del siglo XX) Y de pronto te enteras que la ciudad tiene en su haber muchos paisanos que tuvieron que buscárselas fuera de aquí. Por odios, por persecución, por necesidad, por falta de oxígeno, por carecer de perspectivas y hasta por tedio.
Teodulfo Lagunero es de esos vallisoletanos que permanecen prácticamente anónimos para los mismos conciudadanos. Que tuvo que salir más menos pitando en su momento. Y que, sin embargo, por una especial manera de ser imaginativa y emprendedora, no se dan por vencidos nunca. Que su vida ha estado llena de aventuras y de conocimientos, que diría Cavafis el alejandrino, nos lo cuenta en su libro recién horneado que se titula Memorias. La extraordinaria vida de un hombre extraordinario. Sus antecedentes familiares víctimas de la represalia franquista, la experiencia de persecución en sus carnes, las dedicaciones profesionales sorprendentes, la particular conversión al comunismo, la generosidad y sus prácticas de hombre de consenso y de relaciones públicas incluso en el campo de sus enemigos políticos, todo ello se muestra en el libro con una capacidad de memoria asombrosa.
Los personajes que salen en su libro, desde nombres locales hasta internacionales, deslumbran y sorprenden. Vidas cruzadas con Lagunero. Para haberle dado la existencia cartas malas, como dice en la introducción a sus Memorias, es estimulante ver cómo supo y pudo jugarlas. Decisión, dosis de saber hacer, tenacidad y ese trenzar los mimbres con los que supo urdir el cesto sin venirse abajo jamás. ¿No es suficiente modelo de inducción y de ganas de vivir un personaje así, tan vitalista y aventurero como Teodulfo Lagunero? Por cierto, Lagunero fue el que introdujo y mantuvo escondido en la España de la Transición a Santiago Carrillo, hasta que su partido fue legalizado. Y sí, el que ideó lo de la peluca célebre que llevó el político comunista para no ser identificado. Vallisoletanos hasta en la sopa, vamos.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Barras tachadas
Hay veces que se pillan pintadas callejeras que no se entienden. O que no se quieren entender. O simplemente se pasa de ellas. Cosas de piraos, dicen algunos. A mi me intrigan. ¿La mano negra denuncia o exagera? Alguien pone en cuestión el sistema de control social de los jóvenes conflictivos. Alguien sugiere métodos dudosos. Alguien tendría que explicarnos su significado. Tengo dudas respecto a la posibilidad de encauzar la rebelión individual latente, y más cuando se ofrecen modelos de proyección personal extremadamente competitivos y clasistas.
Alguien tendría que hablar de los límites culturales de los ciudadanos. ¿Alguien? Todos deberíamos entrar al trapo. Ni votar cada cuatro años ni abstenerse son respuestas para que una sociedad crezca culturalmente. ¿Tan cosificados estamos dentro del sistema de mercado que no sabemos romper la espiral de oferta y demanda que nos marca?
No sé si me salgo de madre o si se trata de un desliz onírico. Vallisoletano: escribe cien veces no volveré a pensar lo que quieren decir las pintadas que no entiendo...
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Vuelta al Pisuerga
Estoy recurrente con el río y sus riberas, lo sé. Mentiría si dijera que su visión me abdujo el otro día. No sólo su visión, sino un paisaje rompedor, una ambientación vivificante. Necesitaba otra atmósfera, y la intuición me tocó. Demasiada ciudad maciza, que acaba agobiando. Y eso sin contar con las obras públicas que hay por doquier.
Debe ser por esa razón por la que cuando ando por las calles busco dirigir la mirada a las dimensiones no aparentemente visibles. Alturas, ornamentos de las fachadas, perspectivas de calles o avenidas, yo qué sé. Elevar la mirada por encima de la altura media que se nos ofrece, absolutamente pragmática y de uso e intercambio, es vital. Lo que está a tu alcance, entre tanto tráfico, trasiego de gente, iluminación excesiva y mobiliario urbano te comprime, y hay días que te deprime. Hay que escapar con recursos.
Las orillas del Pisuerga son especialmente curativas en otoño. Sustrae el efecto de decaimiento que muchas almas sienten. Desde las Moreras hasta la desembocadura del Esgueva, por ejemplo, hay un camino que te abstrae de cuitas y ansiedades. Detalles que no imaginas desde esta orilla del asfalto.
Ahora me limito a callar y dejar las fotografías para solaz de los ojos. Y de todos los sentidos, los que saben conectar las dos materias, la humana con la naturaleza exterior. Sí, los detalles fotografiados son de los bordes de nuestro Pisuerga. Se pueden tocar. No hay más que acercarse allí.
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martes, 1 de diciembre de 2009
El Arco de Ladrillo, la fortaleza de un material y de un arte
Qué pocas te van quedando, hermano. Al menos para esa operación de ortodoncia integral que quieren hacer contigo. ¿Te repondrán más tarde in situ, si es que has sobrevivido al postoperatorio? Cuántos expresos y mercancías habrán pasado bajo tu arco parabólico. Y tú resistiendo. Cuántos acontecimientos sociales, como el crecimiento en todas las direcciones de la ciudad que prácticamente se ha olvidado de ti. Y tú soportándolo. Cuántos sucesos históricos, algunos de ingrata memoria, tiñeron del color de tu material el propio suelo. Y tú elevándote. Cuántas transformaciones profundas, como la inmediata en que los trenes se tornarán invisibles para ti. ¿La superarás?
Claro, que desde que construyeron ese paso superior de cemento que reparte el tráfico del centro a dirección Sur y viceversa, y que es una obra adolescente a tu lado, pasaste a segundo plano. Prácticamente oculto, ni los conductores te ven, ni los viajeros de los AVE se enteran, ni los peatones te piropean. Ingratos todos ellos. Para parte de las nuevas generaciones ciudadanas eso denominado Arco de Ladrillo significa más el nombre de una calle que tu visible y real existencia. ¿Tanto costará contemplar de vez en cuando con calma y afecto lo que nos rodea? Si en algo tengo en estima de cualquier monumento, independientemente de su espectacularidad más definida o más relativa, es que me hace meditar. Pensar en las ideas que fraguaron aquello, en la mano de obra, en el sentido que tenía para la ciudadanía, en la incidencia en cualquier proyecto que hacía avanzar la técnica y el arte.
Enigmático, ciento cincuenta y tres años te contemplan con esa factura noble y firme de ladrillo. Lo último en interpretaciones de rigor dicen que fuiste una cimbra para la construcción de un puente ferroviario sobre el Duero. Pero pudiste ser una exhibición de la Compañía de Ferrocarriles, en unos tiempos en que los nuevos materiales como el hierro desplazaban poco a poco al ladrillo. No hay más que observarte para dedicar un recuerdo a los geniales albañiles. Por gran parte de tu despliegue el alineamiento del ladrillo va en dirección transversal. Sólo en las bases de apoyo, a un lado y a otro, el ladrillo se mantiene horizontal, apoyado en los sillares de piedra. La fortaleza de un material se hace carne en ti, al igual que te unges con la fortaleza de un arte. Hagamos votos para que el precio del soterramiento no te debilite ni se olvide de ti. Los vallisoletanos tienen la última palabra.
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