diario de un vallisoletano curioso

martes, 27 de octubre de 2009

Luis Goytisolo



Pasaba raudo y asténico por la calle Santiago, con su bolsa de Zara en la mano. Al principio pensé que iba con prisa. Luego, no sé por qué, llegué a la conclusión de que él es así. Que camina como si fuera un huidizo o porque siempre ha sido un corredor de fondo y su físico lo refleja. En la Plaza Mayor se quedó de pronto mirando la estatua del conde Ansúrez, pero apenas le dedicó contemplación. Acaso los bigotes o los cabellos de novela histórica española tan en boga a mediados del siglo decimonónico que luce el fundador de la ciudad le llamaran la atención, pero por su actitud yo diría que no vio ningún interés especial en una escultura hierática y convencional.

Su rostro inequívoco, enteco y ausente, me dio la pista. Le seguí un trecho antes de asaltarlo porque no estaba seguro. No perseguía su firma, ni me pasó por la mente, pero yo llevaba mi nikon y portar esta herramienta es muy tentador. Pero a Luis Goytisolo no le coges por sorpresa. Tienes que pararle en seco, casi forzadamente. Y lo hice a la altura del Callejón de San Francisco (otro día hablo de éste, porque me temo que muchos no lo conocen) por Cebadería. Él iba hacia el Olid -anda por Valladolid estos días como miembro del jurado de una de las competiciones de la Seminci- y yo al Calderón, por lo que pudimos ir un rato juntos hablando no de literatura sino de los tipos delgados y de los famélicos.

Pero para Luis Goytisolo, que lleva la narrativa circulante en sus venas, no es posible comentar algo sin hacer referencias literarias. Si hablas de delgadez, te saca a relucir la novela del diecinueve, donde los personajes enjutos deambulaban por las calles, y va y cita incluso el gran relato Madame Bovary. Y que esos estereotipos daban muy mala espina a la ciudadanía. Y que en ese siglo se aprobaba los caracteres rellenitos, porque ser delgado parecía decir que se era pobre y miserable. Es que la delgadez es una cosa y lo famélico es otra, ¿verdad Luis? Como en las actitudes morales de nuestro tiempo, a veces la apariencia engaña.

Por cierto, me sorprendía a mi mismo hablándole de tú. Que él lo hiciera no me chocaba nada, pero ¿por qué yo, que jamás me había cruzado con él, le tuteé como si hubiéramos estando tomando vinos la víspera? Algo subterráneo y vinculante debe haber en esa espiral de libros, personajes, autores y lectores que nos hace “intimar” como si nos conociéramos de toda la vida. Complicidades reflejas, como me sucedió el otro día con Storaro y Saura. Debería corregir, porque me van a pegar un corte cualquier día. O acaso este tipo de seres dedicados a otros mundos lo deseen. Porque de alguna manera te perciben próximo a ellos.

2 comentarios:

  1. Las personas nunca dejan de sorprenderte.

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  2. Claro, Anónimo, como todo en la vida. Debe ser porque probablemente nos conocemos unos a otros muy poco.

    Gracias por pasar por aquí. Si quieres matizar más en este post o en otros, no te cortes.

    Saludos.

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